Élder Yoon Hwan Choi De los Setenta
Amemos a nuestros jóvenes, por más que algunos sean ruidosos. Enseñémosles a cambiar su vida.
Me gustaría contarles de un grupo de muchachos bulliciosos que llegaron a mi vida hace muchos años cuando yo era un obispo joven en Seúl, Corea. Eran chicos del vecindario. En ese entonces apenas uno o dos eran miembros de la Iglesia, y eran los únicos de su familia que lo eran. Eran un grupo de amigos que iban a la capilla a jugar y estar juntos. Les gustaba jugar al ping-pong durante la semana y participar en actividades divertidas los sábados. La mayoría no eran aplicados en la escuela y mucha gente los consideraba pendencieros.
Yo era un padre joven con dos hijos varones que en esa época tenían siete y nueve años. No sabía qué hacer por aquellos muchachos. Eran tan alborotadores que una vez mi esposa Bon-Kyoung me pidió que nos mudáramos a otro barrio para que nuestros hijos vieran el buen ejemplo de otros jóvenes. Medité y oré al Padre Celestial para que me ayudara a encontrar la forma de ayudar a esos chicos. Por fin tomé la decisión de tratar de enseñarles cómo cambiar su vida.
Llegó a mi mente una visión muy clara. Percibí que si llegaban a ser misioneros, sus vidas cambiarían. A partir de entonces me entusiasmé mucho y traté de pasar la mayor cantidad de tiempo posible con ellos, enseñándoles la importancia del servicio misional y cómo prepararse para salir a la misión.
En aquellos días fue trasladado a nuestro barrio el élder Seo, un misionero de tiempo completo. Se había criado en la Iglesia y como joven del Sacerdocio Aarónico participó con sus amigos en un coro de hombres jóvenes. Conoció a esos chicos bulliciosos de nuestro barrio. A los que no eran miembros el élder Seo les enseñó las charlas misionales y también algunas canciones que antes cantaba. Con esos muchachos ruidosos formó un cuarteto triple al que llamó Cuarteto Hanaro, que quiere decir “sean uno”. Les gustaba cantar juntos, pero todos necesitábamos mucha paciencia cuando los oíamos.
Nuestro hogar estaba abierto a la visita de los miembros. Los muchachos iban a la casa casi todos los fines de semana y a veces también entre semana. Les dábamos de comer y les enseñábamos, tanto los principios del Evangelio como la aplicación del mismo en sus vidas. Tratamos de darles una visión de su vida futura.
Cantaban cada vez que iban a nuestra casa. Los fuertes sonidos que emitían nos lastimaban los oídos, pero siempre los alabábamos porque oírlos cantar era mucho más placentero que verlos meterse en problemas.
Esas actividades prosiguieron por años. La mayor parte de esos jóvenes maduró en el Evangelio, y se produjo un milagro: con el tiempo, nueve de los muchachos que no eran miembros de la Iglesia se bautizaron. Pasaron de ser chicos bulliciosos y alborotadores a ser valientes jóvenes guerreros1.
Sirvieron en misiones, conocieron a hermosas hermanitas en la Iglesia y se casaron en el templo. Naturalmente cada uno enfrentó distintos retos al hacer la misión, seguir los estudios y casarse, pero todos permanecieron fieles porque deseaban obedecer a sus líderes y complacer al Señor. Ahora tienen familias felices con hijos que nacieron en el convenio.
Contando a sus esposas e hijos, nueve chicos bulliciosos se convirtieron en cuarenta y cinco miembros activos del reino del Señor. Ahora son líderes en sus barrios y estacas: uno es obispo, dos prestan servicio en obispados, otro sirve en el sumo consejo y dos más son presidentes de Hombres Jóvenes. Uno de ellos es líder misional de barrio, otro secretario ejecutivo y otro maestro de seminario. Siguen cantando en grupo, y he aquí el otro milagro: ¡en realidad suenan bien!
Existen dos principios básicos que ayudaron a estos jóvenes a llegar a ser como los hijos de Helamán2. A pesar de que sus madres no eran miembros de la Iglesia y no entendían las palabras del Señor, tenían líderes del sacerdocio que pasaron a ser como sus padres, y las esposas de los líderes, como sus madres.
Esos nueve muchachos, a quienes llamo “Muchachos del Señor”, descubrieron que serían bendecidos si escuchaban a los líderes de la Iglesia, aun cuando no siempre entendieran el porqué. Llegaron a ser como Adán, nuestro primer padre, que se encontraba ofreciendo sacrificios al Señor cuando un ángel le preguntó: “¿Por qué ofreces sacrificios al Señor? Y Adán le contestó: No sé, sino que el Señor me lo mandó”3. Llegaron a sentir el deseo de obedecer y servir al Señor de todo corazón.
También descubrieron que es muy importante asistir a las reuniones de la Iglesia. El presidente Ezra Taft Benson, en un discurso titulado “Para la ‘juventud bendita’” dijo: “Permítanme ahora dirigirles la atención a la importancia de asistir a todas las reuniones de la Iglesia; la asistencia fiel a las reuniones de la Iglesia acarrea consigo bendiciones que no se pueden recibir de ninguna otra manera”4. En la medida en que asistían con regularidad a dichas reuniones, los chicos sentían el gran amor del Señor y aprendían a aplicar la doctrina y los principios de la Iglesia en su vida cotidiana. Asimismo, aprendieron a participar en las reuniones con mucha dicha y alegría.
Y bien, nosotros tenemos tres hijos varones, el más joven de los cuales nació cuando yo servía como obispo, y mientras nuestros hijos crecían, aquellos nueve muchachos se convirtieron en los líderes del barrio y de la estaca, volviéndose así maestros y líderes de nuestros hijos. Enseñaron a nuestros hijos y a otros chicos de la misma forma en que yo les enseñé a ellos cuando eran pendencieros. Ellos les tenían amor a nuestros hijos de la misma forma que yo se los tuve a ellos. Esos muchachos alborotadores y bulliciosos del pasado llegaron a ser los héroes de nuestros hijos. A nuestros hijos les gustaba seguir su gran ejemplo de convertirse en misioneros maravillosos y de casarse en el templo con compañeras rectas.
Esos jóvenes siguen influyendo en nuestra familia. Hace dos meses, nuestro barrio organizó una actividad misional un sábado por la noche en la que se invitó a todos, incluso a las familias en las que no todos son miembros. Esa misma tarde, nuestro hijo menor, Sun-Yoon, acababa de llegar de un campamento de jóvenes. Dijo que no iría a la actividad misional porque en su familia todos eran miembros y porque estaba muy cansado. No llegó a la actividad. Mi esposa lo llamó por teléfono para explicarle que todos estaban invitados, pero el contestó: “Ya sé, pero hoy no voy”, y colgó.
Esa noche, inmediatamente después que empezó la actividad, Sun-Yoon entró y se sentó muy callado junto a su madre. Le susurró lo siguiente: “Justo después de colgar el teléfono me acordé que le había preguntado a papá por qué los del Cuarteto Hanaro tuvieron tanto éxito en la vida. Me dijo que obedecieron las palabras de los líderes de la Iglesia y que asistieron regularmente a las reuniones. Esa fue la clave que les cambió la vida y los hizo tan exitosos”. Mi hijo agregó: “De repente recordé las palabras de mi padre y decidí obedecerlas porque quiero tener una familia feliz, igual que ellos, y lograr el éxito en la vida”.
Estimados hermanos, amemos a nuestros jóvenes, por más que algunos sean ruidosos. Enseñémosles a cambiar su vida. Los hijos de Helamán contemporáneos no vienen únicamente de las familias de la Iglesia, sino también de entre los nuevos conversos jóvenes cuyos padres no viven el Evangelio. Tanto ustedes como sus esposas han de ser sus “buenos padres”5 hasta que ellos lleguen a ser como los hijos de Helamán.
Me complace mucho y me llena de alegría ver el liderazgo amoroso y constante que ofrecen ustedes a nuestros jóvenes. Ellos son hijos de todos nosotros. Al extenderles la mano, elevarlos y ayudarlos, nos sentiremos como Juan que dijo: “No tengo yo mayor gozo que éste, el oír que mis hijos andan en la verdad”6.
Estimados hombres jóvenes, obedezcamos a los líderes de la Iglesia y seamos como Adán, que no siempre sabía el porqué pero de todas formas estaba dispuesto a obedecer. Y, por favor, asistan fielmente a las reuniones de la Iglesia. Si lo hacen, sabrán cómo prepararse para su futuro y obtendrán el éxito. A los jovencitos que nacieron en la Iglesia y también a los que se han unido a ella les digo, ustedes son el ejército del Señor. Llegarán a ser misioneros extraordinarios y padres de familias rectas. El Padre Celestial los bendecirá para que tengan familias felices. En el Evangelio tienen ustedes un futuro esperanzador y, al igual que los hijos de Helamán, nos brindarán dicha eterna a todos nosotros.
Yo los amo, y sé que el Padre Celestial nos ama a todos, por lo cual mandó a Su Hijo Unigénito, Jesucristo, a ser nuestro Redentor. El presidente Thomas S. Monson es nuestro profeta viviente, quien nos guía en la dirección correcta. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Véase Alma 53:20–22.
2. Véase Alma 56:10.
3. Moisés 5:6.
4. Véase Ezra Taft Benson, “Para la ‘juventud bendita’”, Liahona, julio de 1986, pág. 41 (cursiva agregada).
5. 1 Nefi 1:1.
6. 3 Juan 1:4.
lunes, 23 de noviembre de 2009
La oración y las impresiones del Espíritu
Presidente Boyd K. Packer Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles
[Las] experiencias de inspiración y oración no son algo fuera de lo común en la Iglesia; son parte de la revelación que nuestro Padre Celestial nos ha brindado.
Ningún Padre enviaría a Sus hijos a una tierra distante y peligrosa para toda una vida de pruebas, donde se sabía que Lucifer andaba suelto, sin primeramente darles un poder personal de protección. Él también les proporcionaría los medios para comunicarse con Él de Padre a hijo y de hijo a Padre. A todo hijo de nuestro Padre enviado a la tierra se le da el Espíritu de Cristo o la Luz de Cristo1. A ninguno de nosotros se nos deja aquí solos sin esperanza de guía y redención.
La Restauración se inició con la oración de un jovencito de catorce años y una visión del Padre y del Hijo; dio así comienzo la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
La restauración del Evangelio trajo consigo el conocimiento de la existencia preterrenal. Por las Escrituras, sabemos acerca del Concilio de los Cielos y de la decisión de enviar a los hijos y a las hijas de Dios a la tierra a recibir un cuerpo y a ser probados2. Somos hijos de Dios; tenemos un cuerpo de espíritu que, por ahora, se alberga en un tabernáculo terrenal de carne. En las Escrituras dice: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).
Como hijos de Dios, sabemos que formamos parte de Su “gran plan de felicidad” (Alma 42:8).
Sabemos que hubo una guerra en los cielos, y que Lucifer y los que le siguieron fueron echados sin cuerpos:
“…Satanás, la serpiente antigua, sí, el diablo… se rebeló contra Dios y procuró usurpar el reino de nuestro Dios y su Cristo;
“por tanto, les hace la guerra a los santos de Dios, y los rodea por todos lados” (D. y C. 76:28–29).
Se nos dio nuestro albedrío3; debemos usarlo con sabiduría y permanecer cerca del Espíritu; de otro modo, nos encontraremos de manera imprudente cediendo a las tentaciones del adversario. Sabemos que mediante la expiación de Jesucristo se pueden lavar y limpiar nuestros errores, y nuestro cuerpo terrenal será restaurado a su forma perfecta.
“Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios” (Moroni 7:16).
Existe una manera perfecta de comunicación por medio del Espíritu, “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1 Corintios 2:10).
Después del bautismo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sigue una segunda ordenanza: la “Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:4).
Esa dulce y apacible voz de inspiración llega más como un sentimiento que como un sonido. A la mente se le puede indicar la inteligencia pura. El Espíritu Santo se comunica con nuestro espíritu a través de la mente más que por medio de los sentidos físicos4. Esa guía se presenta como pensamientos, sentimientos, susurros e impresiones5. Podemos sentir las palabras de la comunicación espiritual más que oírlas, y verlas con ojos espirituales en vez de mortales6.
Durante muchos años serví en el Quórum de los Doce Apóstoles con el élder LeGrand Richards, quien murió a los 96 años de edad. Nos dijo que cuando tenía doce años, asistió a una gran conferencia general en el Tabernáculo donde oyó al presidente Wilford Woodruff.
El presidente Woodruff relató una experiencia en la que tuvo una impresión del Espíritu. La Primera Presidencia lo envió a “congregar a todos los santos de Dios en Nueva Inglaterra y Canadá, y traerlos a Sión”7.
Se detuvo en Indiana, en casa de uno de los hermanos, y dejó su carruaje en el patio, donde él, su esposa y uno de los hijos se acostaron, mientras que el resto de la familia durmió adentro de la casa. Al poco rato de haberse acostado, el Espíritu en susurro le amonestó: “Levántate, y mueve este carruaje”. Se levantó y movió el carruaje a cierta distancia de donde había estado. Al volver a acostarse, el Espíritu le volvió a hablar: “Ve y mueve las mulas lejos de ese roble”. Lo hizo, y entonces se volvió a acostar.
A los treinta minutos vino un remolino de viento que quebró el tronco en el que habían estado amarradas las mulas, lo echó abajo y fue arrastrado unos cien metros a través de dos cercas. El enorme árbol, que tenía un tronco de un metro y medio de circunferencia, cayó exactamente en el lugar donde había estado el carruaje. Por haber escuchado las impresiones del Espíritu, el élder Woodruff había salvado su vida y la de su esposa e hijo8.
Ese mismo Espíritu puede darles a ustedes impresiones y protegerlos.
Cuando primeramente se me llamó a ser Autoridad General hace casi cincuenta años, vivíamos en un pequeño terreno en el valle Utah, al que considerábamos nuestra granja y donde teníamos una vaca, un caballo, gallinas y muchos niños.
Un sábado, tenía que ir al aeropuerto para salir en un vuelo a California para una conferencia de estaca, pero la vaca estaba por parir y tenía dificultades. El becerro nació, pero la vaca no podía ponerse de pie. Llamamos al veterinario y no tardó en llegar; dijo que la vaca se había tragado un alambre y que no pasaría de ese día.
Copié el número de teléfono de las compañías de productos derivados de animales, a fin de que mi esposa los llamara para que fueran a recoger la vaca tan pronto como muriera.
Antes de irme, ofrecimos una oración familiar y la hizo nuestro hijito. Después de que le hubo pedido a nuestro Padre Celestial que bendijera a papi en sus viajes y a todos nosotros, hizo una sincera súplica; dijo: “Padre Celestial, por favor bendice a Bossy, la vaca, para que se mejore”.
Al estar en California, relaté el incidente y dije: “Él debe aprender que no recibimos tan fácilmente todo lo que pedimos”.
Se aprendió una lección, pero fui yo el que la aprendí y no mi hijo. Cuando regresé el domingo por la noche, Bossy se encontraba mejor.
Este proceso no se reserva únicamente para los profetas. El don del Espíritu Santo funciona de igual modo con los hombres, las mujeres e incluso los niños pequeños. En este maravilloso don y poder es donde se encuentra ese remedio espiritual para cualquier problema.
“Y ahora bien, él comunica su palabra a los hombres por medio de ángeles; sí, no sólo a los hombres, sino a las mujeres también. Y esto no es todo; muchas veces les son dadas a los niños palabras que confunden al sabio y al erudito” (Alma 32:23).
El Señor tiene muchas maneras de instilar conocimiento en nuestra mente para darnos impresiones, guiarnos, enseñarnos, corregirnos y advertirnos. Él dijo: “Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón” (D. y C. 8:2).
Y Enós registró: “Y mientras así me hallaba luchando en el espíritu, he aquí, la voz del Señor de nuevo penetró mi mente” (Enós 1:10).
Ustedes pueden saber lo que necesitan saber; oren para aprender a recibir esa inspiración y permanezcan dignos de recibirla. Mantengan ese canal —su mente— limpio y puro del caos del mundo.
El élder Graham W. Doxey, que por un tiempo sirvió en el Segundo Quórum de los Setenta, me contó una experiencia. Su madre, que más tarde fue consejera en la presidencia general de la Primaria, también me relató esa experiencia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, él prestaba servicio en la marina, estando apostado en China. Él y varios compañeros fueron en tren a la ciudad de Tientsin para distraerse.
Luego abordaron un tren para regresar a la base, pero después de más de una hora, el tren seguía rumbo al norte; ¡habían tomado el tren equivocado! No hablaban chino, así que tiraron del cordón de emergencia y detuvieron el tren; entonces los bajaron en un lugar desierto, sin nada que hacer más que caminar de regreso a la ciudad.
Después de caminar por un rato, encontraron un vagoncito ferrovial propulsado a mano con una palanca, como los que usan los ferrocarrileros. Lo colocaron en los rieles y empezaron a avanzar, moviendo la palanca. El pequeño vagón se deslizaba hacia abajo, pero ellos tenían que empujarlo cuesta arriba.
Al llegar a una empinada pendiente se subieron rápido al carrito y empezaron a deslizarse cuesta abajo. Graham fue el último en subirse. El único lugar disponible estaba enfrente del carrito; corrió a un lado y por fin se subió, pero, al hacerlo, resbaló y se cayó; su espalda golpeaba sobre las vías, pero él seguía aferrado al vagón con los pies para evitar que éste lo arrollara. A medida que aumentaba la velocidad, oyó la voz de su madre que decía: “Bud, ¡ten cuidado!”.
Llevaba puestas unas pesadas botas militares; entonces, el pie se le resbaló, y la gruesa suela de la bota quedó atrapada en el engranaje de una de las ruedas, lo que hizo que el carrito se detuviera a unos treinta centímetros de la mano de él.
Sus padres, que en ese entonces presidían la Misión de los Estados Centrales del Este, estaban dormidos en la habitación del hotel; la madre se levantó a las dos de la mañana y despertó a su esposo: “¡Bud está en problemas!”. Se arrodillaron al lado de la cama y oraron por la protección de su hijo.
En la próxima carta que él recibió decía: “Bud, ¿sucedió algo? ¿Qué te pasó?”.
Entonces les escribió para contarles lo ocurrido. Cuando compararon las horas, en el preciso momento en que él iba rebotando sobre los rieles, sus padres estaban arrodillados en el hotel a medio mundo de distancia, orando por su protección.
Esas experiencias de inspiración y oración no son algo fuera de lo común en la Iglesia; son parte de la revelación que nuestro Padre Celestial nos ha brindado.
Una de las herramientas más eficaces del adversario es convencernos de que ya no somos dignos de orar. No importa quiénes sean ustedes o lo que hayan hecho, siempre pueden orar.
El profeta José Smith prometió que “todos los seres que tienen cuerpos, tienen dominio sobre los que no los tienen”9.
Cuando sobrevenga la tentación, inventen en su mente una tecla para suprimirla o eliminarla, tal vez las palabras de un himno favorito; la mente está en control; el cuerpo es el instrumento de la mente. Cuando un pensamiento indigno se quiera meter con fuerza en la mente, opriman esa tecla. La música digna es poderosa y puede ayudarlos a controlar sus pensamientos10.
Cuando a Oliver Cowdery no le fue posible traducir, el Señor le dijo:
“He aquí, no has entendido; has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en pedirme.
“Pero he aquí, te digo que debes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien.
“Mas si no estuviere bien, no sentirás tal cosa” (D. y C. 9:7–9).
Este principio se manifiesta en el relato de una niña que estaba disgustada con su hermano porque había construido una trampa para atrapar gorriones.
Al no poder encontrar ayuda, se dijo a sí misma: “Bien, voy a orar sobre eso”.
Después de la oración, la niña le dijo a su madre: “Sé que él no va a atrapar ningún gorrión con su trampa porque yo oré sobre eso; ¡estoy segura de que no atrapará ningún gorrión!”.
La madre le preguntó: “¿Por qué estás tan segura?”.
Ella respondió: “Después de que oré sobre ello, ¡salí y quebré la vieja trampa de una patada!”.
Oren, incluso si son jóvenes y están descarriados como el profeta Alma, o si son de estrecho criterio, como Amulek, que “sabía concerniente a estas cosas, mas no quería saber” (Alma 10:6).
Aprendan a orar; oren con frecuencia; oren en su mente y en su corazón; oren de rodillas. La oración es su llave personal para los cielos; la cerradura está del lado suyo del velo. He aprendido a terminar mis oraciones con esta frase: “Hágase tu voluntad” (Mateo 6:10; véase también Lucas 11:2; 3 Nefi 13:10).
No esperen verse totalmente libres de problemas, desilusión, dolor y desánimo, ya que fuimos enviados a la tierra a soportar esas cosas.
Alguien escribió:
Con manos descuidadas e impacientesenredamos los planes que el Señor ha forjado.Y cuando en dolor lloramos, Él nos dice:“Calla, hombre, mientras el nudo desbarato”11.
En las Escrituras está la promesa: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).
El Salvador dijo: “Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis; pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá” (D. y C. 88:63).
Comenzamos esta sesión de la conferencia con el sostenimiento de las autoridades. El primero en ser sostenido fue Thomas S. Monson como Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Conozco al presidente Monson, creo yo, tan bien como lo conoce cualquier otro hombre sobre la tierra, y quiero dar testimonio especial de que fue “llamado por Dios, por profecía” (Artículos de Fe 1:5). Él necesita nuestras oraciones, así como su esposa Frances y su familia, a causa de la tremenda carga que lleva sobre sí.
Ruego que sea sostenido en cuerpo y en mente y en espíritu, y que sea obvio para la Iglesia, así como es obvio para los que estamos muy cerca de él, que fue “llamado por Dios, por profecía”. Entonces, por “la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas” (Artículos de Fe 1:5), tomó posesión de su oficio.
Que el Señor nos bendiga y que sostenga al presidente Monson y a su familia en todo lo que sea necesario para llevar a cabo esta gran obra que está sobre sus hombros. Testifico de ello e invoco esa bendición como siervo del Señor y en el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Véase D. y C. 84:46.
2. Véase D. y C. 138:56; véase también Romanos 8:16.
3. Véase D. y C. 101:78.
4. Véase 1 Corintios 2:14; D. y C. 8:2; 9:8–9.
5. Véase D. y C. 11:13; 100:5.
6. Véase 1 Nefi 17:45.
7. Véase Wilford Woodruff, en Conference Report, abril de 1898, pág. 30; “Remarks”, Deseret Weekly, 5 de septiembre de 1891, pág. 323.
8. Véase Wilford Woodruff, Leaves from My Journal, 1881, pág. 88.
9. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 222.
10. Véase D. y C. 25:12.
11. Autor desconocido, en Jack M. Lyon y otros, editores, Best-Loved Poems of the LDS People, 1996, pág. 304.
[Las] experiencias de inspiración y oración no son algo fuera de lo común en la Iglesia; son parte de la revelación que nuestro Padre Celestial nos ha brindado.
Ningún Padre enviaría a Sus hijos a una tierra distante y peligrosa para toda una vida de pruebas, donde se sabía que Lucifer andaba suelto, sin primeramente darles un poder personal de protección. Él también les proporcionaría los medios para comunicarse con Él de Padre a hijo y de hijo a Padre. A todo hijo de nuestro Padre enviado a la tierra se le da el Espíritu de Cristo o la Luz de Cristo1. A ninguno de nosotros se nos deja aquí solos sin esperanza de guía y redención.
La Restauración se inició con la oración de un jovencito de catorce años y una visión del Padre y del Hijo; dio así comienzo la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
La restauración del Evangelio trajo consigo el conocimiento de la existencia preterrenal. Por las Escrituras, sabemos acerca del Concilio de los Cielos y de la decisión de enviar a los hijos y a las hijas de Dios a la tierra a recibir un cuerpo y a ser probados2. Somos hijos de Dios; tenemos un cuerpo de espíritu que, por ahora, se alberga en un tabernáculo terrenal de carne. En las Escrituras dice: “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?” (1 Corintios 3:16).
Como hijos de Dios, sabemos que formamos parte de Su “gran plan de felicidad” (Alma 42:8).
Sabemos que hubo una guerra en los cielos, y que Lucifer y los que le siguieron fueron echados sin cuerpos:
“…Satanás, la serpiente antigua, sí, el diablo… se rebeló contra Dios y procuró usurpar el reino de nuestro Dios y su Cristo;
“por tanto, les hace la guerra a los santos de Dios, y los rodea por todos lados” (D. y C. 76:28–29).
Se nos dio nuestro albedrío3; debemos usarlo con sabiduría y permanecer cerca del Espíritu; de otro modo, nos encontraremos de manera imprudente cediendo a las tentaciones del adversario. Sabemos que mediante la expiación de Jesucristo se pueden lavar y limpiar nuestros errores, y nuestro cuerpo terrenal será restaurado a su forma perfecta.
“Pues he aquí, a todo hombre se da el Espíritu de Cristo para que sepa discernir el bien del mal; por tanto, os muestro la manera de juzgar; porque toda cosa que invita a hacer lo bueno, y persuade a creer en Cristo, es enviada por el poder y el don de Cristo, por lo que sabréis, con un conocimiento perfecto, que es de Dios” (Moroni 7:16).
Existe una manera perfecta de comunicación por medio del Espíritu, “porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios” (1 Corintios 2:10).
Después del bautismo en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, sigue una segunda ordenanza: la “Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo” (Artículos de Fe 1:4).
Esa dulce y apacible voz de inspiración llega más como un sentimiento que como un sonido. A la mente se le puede indicar la inteligencia pura. El Espíritu Santo se comunica con nuestro espíritu a través de la mente más que por medio de los sentidos físicos4. Esa guía se presenta como pensamientos, sentimientos, susurros e impresiones5. Podemos sentir las palabras de la comunicación espiritual más que oírlas, y verlas con ojos espirituales en vez de mortales6.
Durante muchos años serví en el Quórum de los Doce Apóstoles con el élder LeGrand Richards, quien murió a los 96 años de edad. Nos dijo que cuando tenía doce años, asistió a una gran conferencia general en el Tabernáculo donde oyó al presidente Wilford Woodruff.
El presidente Woodruff relató una experiencia en la que tuvo una impresión del Espíritu. La Primera Presidencia lo envió a “congregar a todos los santos de Dios en Nueva Inglaterra y Canadá, y traerlos a Sión”7.
Se detuvo en Indiana, en casa de uno de los hermanos, y dejó su carruaje en el patio, donde él, su esposa y uno de los hijos se acostaron, mientras que el resto de la familia durmió adentro de la casa. Al poco rato de haberse acostado, el Espíritu en susurro le amonestó: “Levántate, y mueve este carruaje”. Se levantó y movió el carruaje a cierta distancia de donde había estado. Al volver a acostarse, el Espíritu le volvió a hablar: “Ve y mueve las mulas lejos de ese roble”. Lo hizo, y entonces se volvió a acostar.
A los treinta minutos vino un remolino de viento que quebró el tronco en el que habían estado amarradas las mulas, lo echó abajo y fue arrastrado unos cien metros a través de dos cercas. El enorme árbol, que tenía un tronco de un metro y medio de circunferencia, cayó exactamente en el lugar donde había estado el carruaje. Por haber escuchado las impresiones del Espíritu, el élder Woodruff había salvado su vida y la de su esposa e hijo8.
Ese mismo Espíritu puede darles a ustedes impresiones y protegerlos.
Cuando primeramente se me llamó a ser Autoridad General hace casi cincuenta años, vivíamos en un pequeño terreno en el valle Utah, al que considerábamos nuestra granja y donde teníamos una vaca, un caballo, gallinas y muchos niños.
Un sábado, tenía que ir al aeropuerto para salir en un vuelo a California para una conferencia de estaca, pero la vaca estaba por parir y tenía dificultades. El becerro nació, pero la vaca no podía ponerse de pie. Llamamos al veterinario y no tardó en llegar; dijo que la vaca se había tragado un alambre y que no pasaría de ese día.
Copié el número de teléfono de las compañías de productos derivados de animales, a fin de que mi esposa los llamara para que fueran a recoger la vaca tan pronto como muriera.
Antes de irme, ofrecimos una oración familiar y la hizo nuestro hijito. Después de que le hubo pedido a nuestro Padre Celestial que bendijera a papi en sus viajes y a todos nosotros, hizo una sincera súplica; dijo: “Padre Celestial, por favor bendice a Bossy, la vaca, para que se mejore”.
Al estar en California, relaté el incidente y dije: “Él debe aprender que no recibimos tan fácilmente todo lo que pedimos”.
Se aprendió una lección, pero fui yo el que la aprendí y no mi hijo. Cuando regresé el domingo por la noche, Bossy se encontraba mejor.
Este proceso no se reserva únicamente para los profetas. El don del Espíritu Santo funciona de igual modo con los hombres, las mujeres e incluso los niños pequeños. En este maravilloso don y poder es donde se encuentra ese remedio espiritual para cualquier problema.
“Y ahora bien, él comunica su palabra a los hombres por medio de ángeles; sí, no sólo a los hombres, sino a las mujeres también. Y esto no es todo; muchas veces les son dadas a los niños palabras que confunden al sabio y al erudito” (Alma 32:23).
El Señor tiene muchas maneras de instilar conocimiento en nuestra mente para darnos impresiones, guiarnos, enseñarnos, corregirnos y advertirnos. Él dijo: “Sí, he aquí, hablaré a tu mente y a tu corazón por medio del Espíritu Santo que vendrá sobre ti y morará en tu corazón” (D. y C. 8:2).
Y Enós registró: “Y mientras así me hallaba luchando en el espíritu, he aquí, la voz del Señor de nuevo penetró mi mente” (Enós 1:10).
Ustedes pueden saber lo que necesitan saber; oren para aprender a recibir esa inspiración y permanezcan dignos de recibirla. Mantengan ese canal —su mente— limpio y puro del caos del mundo.
El élder Graham W. Doxey, que por un tiempo sirvió en el Segundo Quórum de los Setenta, me contó una experiencia. Su madre, que más tarde fue consejera en la presidencia general de la Primaria, también me relató esa experiencia.
Durante la Segunda Guerra Mundial, él prestaba servicio en la marina, estando apostado en China. Él y varios compañeros fueron en tren a la ciudad de Tientsin para distraerse.
Luego abordaron un tren para regresar a la base, pero después de más de una hora, el tren seguía rumbo al norte; ¡habían tomado el tren equivocado! No hablaban chino, así que tiraron del cordón de emergencia y detuvieron el tren; entonces los bajaron en un lugar desierto, sin nada que hacer más que caminar de regreso a la ciudad.
Después de caminar por un rato, encontraron un vagoncito ferrovial propulsado a mano con una palanca, como los que usan los ferrocarrileros. Lo colocaron en los rieles y empezaron a avanzar, moviendo la palanca. El pequeño vagón se deslizaba hacia abajo, pero ellos tenían que empujarlo cuesta arriba.
Al llegar a una empinada pendiente se subieron rápido al carrito y empezaron a deslizarse cuesta abajo. Graham fue el último en subirse. El único lugar disponible estaba enfrente del carrito; corrió a un lado y por fin se subió, pero, al hacerlo, resbaló y se cayó; su espalda golpeaba sobre las vías, pero él seguía aferrado al vagón con los pies para evitar que éste lo arrollara. A medida que aumentaba la velocidad, oyó la voz de su madre que decía: “Bud, ¡ten cuidado!”.
Llevaba puestas unas pesadas botas militares; entonces, el pie se le resbaló, y la gruesa suela de la bota quedó atrapada en el engranaje de una de las ruedas, lo que hizo que el carrito se detuviera a unos treinta centímetros de la mano de él.
Sus padres, que en ese entonces presidían la Misión de los Estados Centrales del Este, estaban dormidos en la habitación del hotel; la madre se levantó a las dos de la mañana y despertó a su esposo: “¡Bud está en problemas!”. Se arrodillaron al lado de la cama y oraron por la protección de su hijo.
En la próxima carta que él recibió decía: “Bud, ¿sucedió algo? ¿Qué te pasó?”.
Entonces les escribió para contarles lo ocurrido. Cuando compararon las horas, en el preciso momento en que él iba rebotando sobre los rieles, sus padres estaban arrodillados en el hotel a medio mundo de distancia, orando por su protección.
Esas experiencias de inspiración y oración no son algo fuera de lo común en la Iglesia; son parte de la revelación que nuestro Padre Celestial nos ha brindado.
Una de las herramientas más eficaces del adversario es convencernos de que ya no somos dignos de orar. No importa quiénes sean ustedes o lo que hayan hecho, siempre pueden orar.
El profeta José Smith prometió que “todos los seres que tienen cuerpos, tienen dominio sobre los que no los tienen”9.
Cuando sobrevenga la tentación, inventen en su mente una tecla para suprimirla o eliminarla, tal vez las palabras de un himno favorito; la mente está en control; el cuerpo es el instrumento de la mente. Cuando un pensamiento indigno se quiera meter con fuerza en la mente, opriman esa tecla. La música digna es poderosa y puede ayudarlos a controlar sus pensamientos10.
Cuando a Oliver Cowdery no le fue posible traducir, el Señor le dijo:
“He aquí, no has entendido; has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en pedirme.
“Pero he aquí, te digo que debes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien.
“Mas si no estuviere bien, no sentirás tal cosa” (D. y C. 9:7–9).
Este principio se manifiesta en el relato de una niña que estaba disgustada con su hermano porque había construido una trampa para atrapar gorriones.
Al no poder encontrar ayuda, se dijo a sí misma: “Bien, voy a orar sobre eso”.
Después de la oración, la niña le dijo a su madre: “Sé que él no va a atrapar ningún gorrión con su trampa porque yo oré sobre eso; ¡estoy segura de que no atrapará ningún gorrión!”.
La madre le preguntó: “¿Por qué estás tan segura?”.
Ella respondió: “Después de que oré sobre ello, ¡salí y quebré la vieja trampa de una patada!”.
Oren, incluso si son jóvenes y están descarriados como el profeta Alma, o si son de estrecho criterio, como Amulek, que “sabía concerniente a estas cosas, mas no quería saber” (Alma 10:6).
Aprendan a orar; oren con frecuencia; oren en su mente y en su corazón; oren de rodillas. La oración es su llave personal para los cielos; la cerradura está del lado suyo del velo. He aprendido a terminar mis oraciones con esta frase: “Hágase tu voluntad” (Mateo 6:10; véase también Lucas 11:2; 3 Nefi 13:10).
No esperen verse totalmente libres de problemas, desilusión, dolor y desánimo, ya que fuimos enviados a la tierra a soportar esas cosas.
Alguien escribió:
Con manos descuidadas e impacientesenredamos los planes que el Señor ha forjado.Y cuando en dolor lloramos, Él nos dice:“Calla, hombre, mientras el nudo desbarato”11.
En las Escrituras está la promesa: “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podáis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (1 Corintios 10:13).
El Salvador dijo: “Allegaos a mí, y yo me allegaré a vosotros; buscadme diligentemente, y me hallaréis; pedid, y recibiréis; llamad, y se os abrirá” (D. y C. 88:63).
Comenzamos esta sesión de la conferencia con el sostenimiento de las autoridades. El primero en ser sostenido fue Thomas S. Monson como Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Conozco al presidente Monson, creo yo, tan bien como lo conoce cualquier otro hombre sobre la tierra, y quiero dar testimonio especial de que fue “llamado por Dios, por profecía” (Artículos de Fe 1:5). Él necesita nuestras oraciones, así como su esposa Frances y su familia, a causa de la tremenda carga que lleva sobre sí.
Ruego que sea sostenido en cuerpo y en mente y en espíritu, y que sea obvio para la Iglesia, así como es obvio para los que estamos muy cerca de él, que fue “llamado por Dios, por profecía”. Entonces, por “la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas” (Artículos de Fe 1:5), tomó posesión de su oficio.
Que el Señor nos bendiga y que sostenga al presidente Monson y a su familia en todo lo que sea necesario para llevar a cabo esta gran obra que está sobre sus hombros. Testifico de ello e invoco esa bendición como siervo del Señor y en el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Véase D. y C. 84:46.
2. Véase D. y C. 138:56; véase también Romanos 8:16.
3. Véase D. y C. 101:78.
4. Véase 1 Corintios 2:14; D. y C. 8:2; 9:8–9.
5. Véase D. y C. 11:13; 100:5.
6. Véase 1 Nefi 17:45.
7. Véase Wilford Woodruff, en Conference Report, abril de 1898, pág. 30; “Remarks”, Deseret Weekly, 5 de septiembre de 1891, pág. 323.
8. Véase Wilford Woodruff, Leaves from My Journal, 1881, pág. 88.
9. Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, 2007, pág. 222.
10. Véase D. y C. 25:12.
11. Autor desconocido, en Jack M. Lyon y otros, editores, Best-Loved Poems of the LDS People, 1996, pág. 304.
viernes, 20 de noviembre de 2009
La disciplina moral
Élder D. Todd Christofferson Del Quórum de los Doce Apóstoles
La disciplina moral es el ejercicio constante del albedrío para escoger lo bueno porque es bueno, aunque sea difícil.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el presidente James E. Faust, que era entonces un joven soldado del Ejército de Estados Unidos, presentó una solicitud para entrar en la escuela de oficiales. Tuvo que presentarse ante una mesa de examinadores compuesta por lo que él describió como “severos soldados de carrera”. Pasado un rato, las preguntas se volvieron a asuntos de religión. Las preguntas finales fueron éstas:
“‘En tiempos de guerra, ¿no se debería moderar el código moral? El estrés de la batalla, ¿no justifica que los hombres hagan cosas que no harían cuando están en casa, en situaciones normales?’
El presidente Faust relata:
“Reconocí que tal vez fuera mi oportunidad de ganar quizás algunos puntos si mostraba amplitud de criterio. Sabía bien que los hombres que me hacían esa pregunta no vivían según las normas que se me habían enseñado a mí. Me cruzó por la mente la idea de que tal vez podría decir que tenía mis propias creencias al respecto pero que no quería imponérselas a los demás. Sin embargo, también acudieron a mi memoria las caras de las muchas personas a las que había enseñado la ley de castidad cuando era misionero. Al fin respondí simplemente: ‘No creo que haya una norma doble de moralidad’.
“Salí de allí resignado al hecho de que no les gustarían mis respuestas… y que seguramente me darían una nota muy baja. Unos días después, cuando publicaron los resultados, para mi asombro vi que había aprobado ¡y estaba en el primer grupo elegido para la escuela de oficiales!…”.
“Aquella experiencia fue una de los momentos decisivos de mi vida”1.
El presidente Faust reconoció que todos tenemos el don que Dios nos ha dado del albedrío moral, el derecho de tomar decisiones y la obligación de ser responsables de ellas (véase D. y C. 101:78). También comprendió, y así lo demostró, que para obtener resultados positivos, el albedrío moral debe ir acompañado de la disciplina moral.
Por “disciplina moral”, me refiero a la autodisciplina basada en normas morales. La disciplina moral es el ejercicio constante del albedrío para escoger lo bueno porque es bueno, aunque sea difícil; rechaza la vida egoísta para cultivar, en cambio, un carácter digno de respeto y de grandeza por medio del servicio cristiano (véase Marcos 10:42–45). La raíz de la palabra “disciplina” es la misma de la palabra “discípulo” y sugiere que el hecho de conformarse al ejemplo y a las enseñanzas de Jesucristo es la disciplina ideal que, combinada con Su gracia, forma a una persona virtuosa y de moral excelente.
La disciplina moral del mismo Jesús se originaba en Su discipulado con el Padre. A Sus discípulos, Él explicó: “Mi comida es que se haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). De acuerdo con ese modelo, nuestra disciplina moral debe originarse en la lealtad y la devoción hacia el Padre y hacia el Hijo. Es el evangelio de Jesucristo lo que brinda la certeza moral en la cual se basa la disciplina moral.
Las sociedades en las cuales muchos vivimos no han fomentado la disciplina moral durante más de una generación, enseñando que la verdad es relativa y que cada uno decide por sí mismo lo que es correcto. Los conceptos como el pecado y lo malo se han condenado llamándolos “valores de criterio”. Como lo describe el Señor, “todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios” (D. y C. 1:16).
Como consecuencia, la autodisciplina se ha corroído y las sociedades tienen que mantener el orden y la urbanidad por obligación. La falta de control interno de parte del individuo provoca el control externo por parte del gobierno. Un columnista observó: “La conducta caballeresca [por ejemplo, antes] protegía a la mujer del comportamiento indecente; hoy día, esperamos que las leyes de acoso sexual refrenen esa conducta grosera…
“La policía y las leyes no pueden reemplazar nunca las costumbres, las tradiciones y los valores morales como medio de reglamentar la conducta humana. En el mejor de los casos, la policía y el sistema criminal de justicia son la última y más apremiante línea de defensa de una sociedad civilizada. Nuestra dependencia cada vez mayor de las leyes para regular la conducta es una medida de cuán incivilizados nos hemos vuelto”2.
En la mayor parte del mundo hemos experimentado una recesión económica extensa y devastadora provocada por múltiples causas; una de las mayores es la amplia conducta deshonesta y falta de ética, particularmente en los mercados de bienes raíces y de finanzas. Las reacciones al problema se han enfocado en promulgar reglamentos adicionales y más fuertes; tal vez eso disuada a algunos de una conducta deshonrosa, pero otros se vuelven más creativos en burlarse de la ley3. No podría haber nunca suficientes reglas creadas con tanta astucia como para prever y cubrir toda situación, y aunque las hubiera, el imponerlas sería sumamente caro y oneroso. Esa acción conduce a una pérdida de libertad para todos, según lo dijo el obispo Fulton J. Sheen en esta memorable frase: “No quisimos aceptar el yugo de Cristo; ahora debemos temblar ante el yugo del César” 4.
Al fin, sólo la brújula moral interna de cada persona podrá encargarse de tratar eficazmente las causas originales así como los síntomas de la decadencia social. Hasta que se denuncie el pecado como pecado y la disciplina moral ocupe su lugar en el canon de las virtudes civiles, las sociedades seguirán luchando en vano por establecer el bien común5.
La disciplina moral se aprende en el hogar. Mientras que no nos es posible controlar lo que otros puedan o no hacer, los Santos de los Últimos Días ciertamente podemos encontrarnos junto con los que demuestran virtud en su modo de vivir y la inculcan en la nueva generación. Recuerden la historia del Libro de Mormón, de los jóvenes que fueron la clave para la victoria nefita en la larga guerra del 66 al 60 a. de J.C.: Los hijos del pueblo de Ammón. Su carácter y su disciplina se describen con estas palabras:
“…eran hombres que en todo momento se mantenían fieles a cualquier cosa que les fuera confiada.
“Sí, eran hombres verídicos y serios, pues se les había enseñado a guardar los mandamientos de Dios y a andar rectamente ante él” (Alma 53:20–21).
“Hasta entonces nunca habían combatido; no obstante, no temían la muerte, y estimaban más la libertad de sus padres que sus propias vidas; sí, sus madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría” (Alma 56:47).
“Ésta, pues, fue la fe de aquellos de que he hablado; son jóvenes, y sus mentes son firmes, y ponen su confianza en Dios continuamente” (Alma 57:27).
Ahí encontramos una norma de lo que debería ocurrir en nuestro hogar y en la Iglesia; nuestra enseñanza debe provenir de nuestra propia fe y concentrarse primero y ante todo en inculcar la fe en Dios en la nueva generación. Debemos exponer la verdad y la fundamental importancia de ser verídicos, de guardar los mandamientos de Dios y de andar rectamente ante Él con dignidad, o sea, con reverencia. A todos se nos debe convencer de que el servicio y el sacrificio por el bienestar y la felicidad de los demás son muy superiores al hecho de dar el primer lugar de prioridad a nuestra propia comodidad y posesiones.
Eso nos exige más que una referencia ocasional a algún principio del Evangelio: La enseñanza debe ser constante, principalmente por el ejemplo. El presidente Henry B. Eyring describió así la visión que nos esforzamos por obtener:
“El Evangelio puro de Jesucristo debe penetrar el corazón de [nuestros hijos] por el poder del Espíritu Santo. Para ellos no será suficiente con haber tenido un testimonio espiritual de la verdad ni haber deseado lo bueno para más adelante; no será suficiente que tengan una esperanza de purificación y fortalecimiento para el futuro. Nuestro objetivo debe ser que en verdad se conviertan al Evangelio restaurado de Jesucristo mientras estén con nosotros…
“Entonces habrán obtenido su fortaleza por lo que son, no solamente por lo que saben. Y llegarán a ser discípulos de Cristo”6.
He oído decir a algunos padres que no quieren imponer el Evangelio a sus hijos, sino que desean que ellos saquen sus propias conclusiones sobre lo que vayan a creer y a seguir; piensan que de esa manera les permiten ejercer su albedrío. Lo que olvidan es que el uso inteligente del albedrío exige un conocimiento de la verdad, de las cosas como realmente son (véase D. y C. 93:24). Sin eso, es muy difícil que los jóvenes entiendan y evalúen las posibilidades que se les presenten. Los padres deberían considerar cómo se acerca el adversario a sus hijos; él y sus seguidores no fomentan la objetividad sino que son vigorosos promotores del pecado y del egoísmo, y utilizan muchos y variados medios.
El pretender ser neutrales en cuanto al Evangelio es, en realidad, rechazar la existencia de Dios y Su autoridad. En cambio, si deseamos que nuestros hijos vean claramente las opciones de la vida y sean capaces de pensar por sí mismos, debemos reconocerlo a Él y a Su omnisciencia. Ellos no deberían tener que aprender por triste experiencia “que la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10).
Quiero compartir con ustedes un ejemplo de mi propia vida sobre lo que los padres pueden hacer. Cuando tenía unos cinco o seis años, vivíamos enfrente de un almacén. Un día, dos niños me invitaron para ir con ellos a dicho almacén. Mientras estábamos mirando y codiciando los dulces, el mayor de nosotros tomó uno y se lo metió en el bolsillo, instándonos al otro niño y a mí a hacer lo mismo. Después de cierta vacilación, lo hicimos. Luego salimos de la tienda corriendo en direcciones diferentes. Yo busqué un escondite en mi casa y rompí la envoltura del dulce. El azúcar que contenía era casi lo suficiente para acallar mi joven conciencia… casi. Mi madre me descubrió con la evidencia del chocolate que me embadurnaba la cara, y me llevó de vuelta a la tienda. Mientras cruzábamos la calle, yo estaba seguro de que iría a la cárcel de por vida. Entre sollozos y lágrimas, le pedí perdón al dueño y le pagué el chocolate con diez centavos que mi madre me había prestado (y que tuve que ganarme después). El amor y la disciplina de mi madre pusieron un fin temprano y brusco a mi carrera en el crimen.
Todos enfrentamos tentaciones. También las enfrentó el Salvador, “pero no hizo caso de ellas” (D. y C. 20:22). De igual manera, nosotros no tenemos que ceder simplemente porque se nos presente una. Quizás queramos ceder, pero no tenemos porqué hacerlo. A una mujer joven, que se había propuesto guardar la ley de castidad, una amiga le preguntó con incredulidad cómo era posible que nunca “se hubiera acostado con nadie”. “¿No quieres hacerlo?”, preguntó la amiga. La joven pensó: “La pregunta me confundió porque estaba tan fuera de lugar… Pero el simple hecho de querer algo no es una guía apropiada para la conducta moral”7.
En algunos casos, tal vez a la tentación se agregue la fuerza de la adicción presente o potencial. Agradezco que a un número cada vez mayor de personas la Iglesia les proporcione ayuda terapéutica de diversos tipos a fin de ayudarlas a evitar las adicciones o a enfrentarlas. Aún así, aunque la terapia pueda afirmar la voluntad de una persona, no puede substituirla. Siempre, siempre, debe ejercerse la disciplina, la disciplina moral que está cimentada en la fe en Dios el Padre y en el Hijo, y en lo que Ellos pueden lograr de nosotros a través de la gracia expiatoria de Jesucristo. Según las palabras de Pedro: “Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos…” (2 Pedro 2: 9).
No podemos suponer que el futuro se parezca al pasado, que los elementos y los modelos en los que hemos confiado económica, política y socialmente vayan a permanecer como eran. Quizás, si cultivamos la disciplina moral, ésta tenga influencia para el bien e inspire a los demás a seguir el mismo curso; de ese modo, tal vez tengamos un impacto en las tendencias y los acontecimientos futuros. Por lo menos, la disciplina moral será de inmensa ayuda para nosotros, al afrontar cualesquiera que sean las presiones y las dificultades que se nos presenten en una sociedad que se desintegra.
Hemos escuchado mensajes sensatos e inspirados en esta conferencia, y dentro de un momento, para concluir, el presidente Thomas S. Monson nos dará sus palabras de consejo. Al considerar y orar sobre lo que hemos aprendido y vuelto a aprender, creo que el Espíritu iluminará más aquello que tenga particular aplicación a cada uno de nosotros. Seremos fortalecidos en la disciplina moral que necesitamos para andar rectamente ante el Señor y ser uno con Él y con el Padre.
Me mantengo firme con las demás Autoridades Generales y con ustedes, mis hermanos y hermanas, como testigo de que Dios es nuestro Padre y que Su Hijo, Jesús, es nuestro Redentor. La ley de Ellos es inmutable, Su verdad es sempiterna y Su amor es infinito. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. James E. Faust, Stories from My Life [“Relatos de mi vida”], 2001, págs. 2–3.
2. Walter Williams, “Las leyes son un substituto inferior de la decencia común y de los valores morales”, Deseret News, 29 de abril de 2009, pág. A15.
3. Hace unos años, al dirigirse a miembros de la profesión legal, el presidente James E. Faust les advirtió: “Existe un gran riesgo en justificar lo que hacemos individual y profesionalmente basándonos en lo que es ‘legal’ en lugar de basarnos en lo que es ‘justo’; si lo hacemos, ponemos en riesgo nuestra alma misma. La filosofía de que lo legal es también justo nos robará de nuestra naturaleza aquello que es más elevado y mejor. La conducta que se considera realmente legal está, en muchos casos, muy por debajo de las normas de una sociedad civilizada y separada de las enseñanzas de Cristo por una distancia de años-luz. Si aceptan lo que es legal como su norma de conducta personal y profesional, se privarán de lo que es verdaderamente noble en su dignidad y valores personales” (“Be Healers”, Clark Memorandum, primavera de 2003, pág. 3).
4. “El obispo Fulton John Sheen hace un ruego en tiempo de guerra”, en William Safire, sel., Lend Me Your Ears: Great Speeches in History, rev. ed. 1997, pág. 478.
5. Los editores del periódico The Wall Street Journal hicieron la siguiente observación:
“El pecado no es algo de lo que hayan hablado o se hayan preocupado gran cosa muchas personas, incluso tampoco la mayoría de las religiones, a través de los años de la llamada ‘revolución sexual’. Pero esto decimos del pecado: por lo menos ofreció un marco de referencia para la conducta personal. Cuando se quitó el marco, la culpabilidad no fue lo único que cayó: también perdimos la guía de la responsabilidad personal…
“Estados Unidos tiene un problema de drogas y un problema de sexo en las escuelas secundarias y un problema de bienestar social y un problema de SIDA y un problema de violaciones. Nada de esto desaparecerá hasta que, en los cargos de responsabilidad, haya gente dispuesta a hacer frente a la situación y explicar, en términos morales francos, que algunas de las cosas que las personas hacen actualmente son malas” (“¿The Joy of What?”, The Wall Street Journal, 12 de diciembre de 1991, pág. A14).
6. Henry B. Eyring, en Shaun D. Stahle, “Inspiring Students to Stand Strong amid Torrent of Temptation”, Church News, 18 de agosto de 2001, pág. 5.
7. Sarah E. Hinlicky, “Subversive Virginity”, First Things, octubre de 1998, pág. 14.
La disciplina moral es el ejercicio constante del albedrío para escoger lo bueno porque es bueno, aunque sea difícil.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el presidente James E. Faust, que era entonces un joven soldado del Ejército de Estados Unidos, presentó una solicitud para entrar en la escuela de oficiales. Tuvo que presentarse ante una mesa de examinadores compuesta por lo que él describió como “severos soldados de carrera”. Pasado un rato, las preguntas se volvieron a asuntos de religión. Las preguntas finales fueron éstas:
“‘En tiempos de guerra, ¿no se debería moderar el código moral? El estrés de la batalla, ¿no justifica que los hombres hagan cosas que no harían cuando están en casa, en situaciones normales?’
El presidente Faust relata:
“Reconocí que tal vez fuera mi oportunidad de ganar quizás algunos puntos si mostraba amplitud de criterio. Sabía bien que los hombres que me hacían esa pregunta no vivían según las normas que se me habían enseñado a mí. Me cruzó por la mente la idea de que tal vez podría decir que tenía mis propias creencias al respecto pero que no quería imponérselas a los demás. Sin embargo, también acudieron a mi memoria las caras de las muchas personas a las que había enseñado la ley de castidad cuando era misionero. Al fin respondí simplemente: ‘No creo que haya una norma doble de moralidad’.
“Salí de allí resignado al hecho de que no les gustarían mis respuestas… y que seguramente me darían una nota muy baja. Unos días después, cuando publicaron los resultados, para mi asombro vi que había aprobado ¡y estaba en el primer grupo elegido para la escuela de oficiales!…”.
“Aquella experiencia fue una de los momentos decisivos de mi vida”1.
El presidente Faust reconoció que todos tenemos el don que Dios nos ha dado del albedrío moral, el derecho de tomar decisiones y la obligación de ser responsables de ellas (véase D. y C. 101:78). También comprendió, y así lo demostró, que para obtener resultados positivos, el albedrío moral debe ir acompañado de la disciplina moral.
Por “disciplina moral”, me refiero a la autodisciplina basada en normas morales. La disciplina moral es el ejercicio constante del albedrío para escoger lo bueno porque es bueno, aunque sea difícil; rechaza la vida egoísta para cultivar, en cambio, un carácter digno de respeto y de grandeza por medio del servicio cristiano (véase Marcos 10:42–45). La raíz de la palabra “disciplina” es la misma de la palabra “discípulo” y sugiere que el hecho de conformarse al ejemplo y a las enseñanzas de Jesucristo es la disciplina ideal que, combinada con Su gracia, forma a una persona virtuosa y de moral excelente.
La disciplina moral del mismo Jesús se originaba en Su discipulado con el Padre. A Sus discípulos, Él explicó: “Mi comida es que se haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). De acuerdo con ese modelo, nuestra disciplina moral debe originarse en la lealtad y la devoción hacia el Padre y hacia el Hijo. Es el evangelio de Jesucristo lo que brinda la certeza moral en la cual se basa la disciplina moral.
Las sociedades en las cuales muchos vivimos no han fomentado la disciplina moral durante más de una generación, enseñando que la verdad es relativa y que cada uno decide por sí mismo lo que es correcto. Los conceptos como el pecado y lo malo se han condenado llamándolos “valores de criterio”. Como lo describe el Señor, “todo hombre anda por su propio camino, y en pos de la imagen de su propio dios” (D. y C. 1:16).
Como consecuencia, la autodisciplina se ha corroído y las sociedades tienen que mantener el orden y la urbanidad por obligación. La falta de control interno de parte del individuo provoca el control externo por parte del gobierno. Un columnista observó: “La conducta caballeresca [por ejemplo, antes] protegía a la mujer del comportamiento indecente; hoy día, esperamos que las leyes de acoso sexual refrenen esa conducta grosera…
“La policía y las leyes no pueden reemplazar nunca las costumbres, las tradiciones y los valores morales como medio de reglamentar la conducta humana. En el mejor de los casos, la policía y el sistema criminal de justicia son la última y más apremiante línea de defensa de una sociedad civilizada. Nuestra dependencia cada vez mayor de las leyes para regular la conducta es una medida de cuán incivilizados nos hemos vuelto”2.
En la mayor parte del mundo hemos experimentado una recesión económica extensa y devastadora provocada por múltiples causas; una de las mayores es la amplia conducta deshonesta y falta de ética, particularmente en los mercados de bienes raíces y de finanzas. Las reacciones al problema se han enfocado en promulgar reglamentos adicionales y más fuertes; tal vez eso disuada a algunos de una conducta deshonrosa, pero otros se vuelven más creativos en burlarse de la ley3. No podría haber nunca suficientes reglas creadas con tanta astucia como para prever y cubrir toda situación, y aunque las hubiera, el imponerlas sería sumamente caro y oneroso. Esa acción conduce a una pérdida de libertad para todos, según lo dijo el obispo Fulton J. Sheen en esta memorable frase: “No quisimos aceptar el yugo de Cristo; ahora debemos temblar ante el yugo del César” 4.
Al fin, sólo la brújula moral interna de cada persona podrá encargarse de tratar eficazmente las causas originales así como los síntomas de la decadencia social. Hasta que se denuncie el pecado como pecado y la disciplina moral ocupe su lugar en el canon de las virtudes civiles, las sociedades seguirán luchando en vano por establecer el bien común5.
La disciplina moral se aprende en el hogar. Mientras que no nos es posible controlar lo que otros puedan o no hacer, los Santos de los Últimos Días ciertamente podemos encontrarnos junto con los que demuestran virtud en su modo de vivir y la inculcan en la nueva generación. Recuerden la historia del Libro de Mormón, de los jóvenes que fueron la clave para la victoria nefita en la larga guerra del 66 al 60 a. de J.C.: Los hijos del pueblo de Ammón. Su carácter y su disciplina se describen con estas palabras:
“…eran hombres que en todo momento se mantenían fieles a cualquier cosa que les fuera confiada.
“Sí, eran hombres verídicos y serios, pues se les había enseñado a guardar los mandamientos de Dios y a andar rectamente ante él” (Alma 53:20–21).
“Hasta entonces nunca habían combatido; no obstante, no temían la muerte, y estimaban más la libertad de sus padres que sus propias vidas; sí, sus madres les habían enseñado que si no dudaban, Dios los libraría” (Alma 56:47).
“Ésta, pues, fue la fe de aquellos de que he hablado; son jóvenes, y sus mentes son firmes, y ponen su confianza en Dios continuamente” (Alma 57:27).
Ahí encontramos una norma de lo que debería ocurrir en nuestro hogar y en la Iglesia; nuestra enseñanza debe provenir de nuestra propia fe y concentrarse primero y ante todo en inculcar la fe en Dios en la nueva generación. Debemos exponer la verdad y la fundamental importancia de ser verídicos, de guardar los mandamientos de Dios y de andar rectamente ante Él con dignidad, o sea, con reverencia. A todos se nos debe convencer de que el servicio y el sacrificio por el bienestar y la felicidad de los demás son muy superiores al hecho de dar el primer lugar de prioridad a nuestra propia comodidad y posesiones.
Eso nos exige más que una referencia ocasional a algún principio del Evangelio: La enseñanza debe ser constante, principalmente por el ejemplo. El presidente Henry B. Eyring describió así la visión que nos esforzamos por obtener:
“El Evangelio puro de Jesucristo debe penetrar el corazón de [nuestros hijos] por el poder del Espíritu Santo. Para ellos no será suficiente con haber tenido un testimonio espiritual de la verdad ni haber deseado lo bueno para más adelante; no será suficiente que tengan una esperanza de purificación y fortalecimiento para el futuro. Nuestro objetivo debe ser que en verdad se conviertan al Evangelio restaurado de Jesucristo mientras estén con nosotros…
“Entonces habrán obtenido su fortaleza por lo que son, no solamente por lo que saben. Y llegarán a ser discípulos de Cristo”6.
He oído decir a algunos padres que no quieren imponer el Evangelio a sus hijos, sino que desean que ellos saquen sus propias conclusiones sobre lo que vayan a creer y a seguir; piensan que de esa manera les permiten ejercer su albedrío. Lo que olvidan es que el uso inteligente del albedrío exige un conocimiento de la verdad, de las cosas como realmente son (véase D. y C. 93:24). Sin eso, es muy difícil que los jóvenes entiendan y evalúen las posibilidades que se les presenten. Los padres deberían considerar cómo se acerca el adversario a sus hijos; él y sus seguidores no fomentan la objetividad sino que son vigorosos promotores del pecado y del egoísmo, y utilizan muchos y variados medios.
El pretender ser neutrales en cuanto al Evangelio es, en realidad, rechazar la existencia de Dios y Su autoridad. En cambio, si deseamos que nuestros hijos vean claramente las opciones de la vida y sean capaces de pensar por sí mismos, debemos reconocerlo a Él y a Su omnisciencia. Ellos no deberían tener que aprender por triste experiencia “que la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10).
Quiero compartir con ustedes un ejemplo de mi propia vida sobre lo que los padres pueden hacer. Cuando tenía unos cinco o seis años, vivíamos enfrente de un almacén. Un día, dos niños me invitaron para ir con ellos a dicho almacén. Mientras estábamos mirando y codiciando los dulces, el mayor de nosotros tomó uno y se lo metió en el bolsillo, instándonos al otro niño y a mí a hacer lo mismo. Después de cierta vacilación, lo hicimos. Luego salimos de la tienda corriendo en direcciones diferentes. Yo busqué un escondite en mi casa y rompí la envoltura del dulce. El azúcar que contenía era casi lo suficiente para acallar mi joven conciencia… casi. Mi madre me descubrió con la evidencia del chocolate que me embadurnaba la cara, y me llevó de vuelta a la tienda. Mientras cruzábamos la calle, yo estaba seguro de que iría a la cárcel de por vida. Entre sollozos y lágrimas, le pedí perdón al dueño y le pagué el chocolate con diez centavos que mi madre me había prestado (y que tuve que ganarme después). El amor y la disciplina de mi madre pusieron un fin temprano y brusco a mi carrera en el crimen.
Todos enfrentamos tentaciones. También las enfrentó el Salvador, “pero no hizo caso de ellas” (D. y C. 20:22). De igual manera, nosotros no tenemos que ceder simplemente porque se nos presente una. Quizás queramos ceder, pero no tenemos porqué hacerlo. A una mujer joven, que se había propuesto guardar la ley de castidad, una amiga le preguntó con incredulidad cómo era posible que nunca “se hubiera acostado con nadie”. “¿No quieres hacerlo?”, preguntó la amiga. La joven pensó: “La pregunta me confundió porque estaba tan fuera de lugar… Pero el simple hecho de querer algo no es una guía apropiada para la conducta moral”7.
En algunos casos, tal vez a la tentación se agregue la fuerza de la adicción presente o potencial. Agradezco que a un número cada vez mayor de personas la Iglesia les proporcione ayuda terapéutica de diversos tipos a fin de ayudarlas a evitar las adicciones o a enfrentarlas. Aún así, aunque la terapia pueda afirmar la voluntad de una persona, no puede substituirla. Siempre, siempre, debe ejercerse la disciplina, la disciplina moral que está cimentada en la fe en Dios el Padre y en el Hijo, y en lo que Ellos pueden lograr de nosotros a través de la gracia expiatoria de Jesucristo. Según las palabras de Pedro: “Sabe el Señor librar de tentación a los piadosos…” (2 Pedro 2: 9).
No podemos suponer que el futuro se parezca al pasado, que los elementos y los modelos en los que hemos confiado económica, política y socialmente vayan a permanecer como eran. Quizás, si cultivamos la disciplina moral, ésta tenga influencia para el bien e inspire a los demás a seguir el mismo curso; de ese modo, tal vez tengamos un impacto en las tendencias y los acontecimientos futuros. Por lo menos, la disciplina moral será de inmensa ayuda para nosotros, al afrontar cualesquiera que sean las presiones y las dificultades que se nos presenten en una sociedad que se desintegra.
Hemos escuchado mensajes sensatos e inspirados en esta conferencia, y dentro de un momento, para concluir, el presidente Thomas S. Monson nos dará sus palabras de consejo. Al considerar y orar sobre lo que hemos aprendido y vuelto a aprender, creo que el Espíritu iluminará más aquello que tenga particular aplicación a cada uno de nosotros. Seremos fortalecidos en la disciplina moral que necesitamos para andar rectamente ante el Señor y ser uno con Él y con el Padre.
Me mantengo firme con las demás Autoridades Generales y con ustedes, mis hermanos y hermanas, como testigo de que Dios es nuestro Padre y que Su Hijo, Jesús, es nuestro Redentor. La ley de Ellos es inmutable, Su verdad es sempiterna y Su amor es infinito. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. James E. Faust, Stories from My Life [“Relatos de mi vida”], 2001, págs. 2–3.
2. Walter Williams, “Las leyes son un substituto inferior de la decencia común y de los valores morales”, Deseret News, 29 de abril de 2009, pág. A15.
3. Hace unos años, al dirigirse a miembros de la profesión legal, el presidente James E. Faust les advirtió: “Existe un gran riesgo en justificar lo que hacemos individual y profesionalmente basándonos en lo que es ‘legal’ en lugar de basarnos en lo que es ‘justo’; si lo hacemos, ponemos en riesgo nuestra alma misma. La filosofía de que lo legal es también justo nos robará de nuestra naturaleza aquello que es más elevado y mejor. La conducta que se considera realmente legal está, en muchos casos, muy por debajo de las normas de una sociedad civilizada y separada de las enseñanzas de Cristo por una distancia de años-luz. Si aceptan lo que es legal como su norma de conducta personal y profesional, se privarán de lo que es verdaderamente noble en su dignidad y valores personales” (“Be Healers”, Clark Memorandum, primavera de 2003, pág. 3).
4. “El obispo Fulton John Sheen hace un ruego en tiempo de guerra”, en William Safire, sel., Lend Me Your Ears: Great Speeches in History, rev. ed. 1997, pág. 478.
5. Los editores del periódico The Wall Street Journal hicieron la siguiente observación:
“El pecado no es algo de lo que hayan hablado o se hayan preocupado gran cosa muchas personas, incluso tampoco la mayoría de las religiones, a través de los años de la llamada ‘revolución sexual’. Pero esto decimos del pecado: por lo menos ofreció un marco de referencia para la conducta personal. Cuando se quitó el marco, la culpabilidad no fue lo único que cayó: también perdimos la guía de la responsabilidad personal…
“Estados Unidos tiene un problema de drogas y un problema de sexo en las escuelas secundarias y un problema de bienestar social y un problema de SIDA y un problema de violaciones. Nada de esto desaparecerá hasta que, en los cargos de responsabilidad, haya gente dispuesta a hacer frente a la situación y explicar, en términos morales francos, que algunas de las cosas que las personas hacen actualmente son malas” (“¿The Joy of What?”, The Wall Street Journal, 12 de diciembre de 1991, pág. A14).
6. Henry B. Eyring, en Shaun D. Stahle, “Inspiring Students to Stand Strong amid Torrent of Temptation”, Church News, 18 de agosto de 2001, pág. 5.
7. Sarah E. Hinlicky, “Subversive Virginity”, First Things, octubre de 1998, pág. 14.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Seguridad para el alma
Élder Jeffrey R. Holland Del Quórum de los Doce Apóstoles
Quiero que quede absolutamente claro cuando esté ante el tribunal del juicio de Dios que he declarado al mundo… que el Libro de Mormón es verdadero.
Las profecías sobre los últimos días a menudo hacen referencia a calamidades de gran escala tales como terremotos, hambre e inundaciones; éstas, a la vez, pueden estar relacionadas con las vasta agitación económica o política de uno u otro tipo.
Pero existe una clase de destrucción de los últimos días que siempre me ha sonado más personal que pública, más individual que colectiva, una advertencia que quizá se aplique más dentro de la Iglesia que fuera de ella. El Salvador advirtió que en los últimos días aun los que son “del convenio”, los escogidos mismos, podrían ser engañados por el enemigo de la verdad1. Si pensamos en ello como una forma de destrucción espiritual, eso podría arrojar luz sobre otra profecía de los últimos días. Piensen en el corazón como el centro figurativo de nuestra fe, el lugar poético de nuestras lealtades y valores; entonces, consideren la declaración de Jesús de que en los últimos días “[desfallecerían] los hombres” 2.
Lo alentador es, desde luego, que nuestro Padre Celestial conoce todos esos peligros de los últimos días, esos problemas del corazón y del alma, y nos ha dado consejo y protección con respecto a ellos.
En vista de ello, siempre ha sido significativo para mí que el Libro de Mormón, una de las poderosas piedras clave 3 del Señor en este contraataque frente a las dificultades de los últimos días, comience con una gran parábola de la vida, una amplia alegoría de la esperanza contra el temor, de la luz contra la oscuridad, de la salvación contra la destrucción, una alegoría a la que, de modo conmovedor, se refirió la hermana Ann Dibb esta mañana.
En el sueño de Lehi, una jornada que ya era difícil, se complica más cuando surge un vapor de tinieblas que nubla toda la vista del seguro pero estrecho camino que su familia y otros habían de seguir. Es imperativo notar que ese vapor de tinieblas desciende sobre todos los viajeros, sobre los fieles y los resueltos (hasta podríamos decir los escogidos), y sobre los débiles y los que no tienen cimientos. El punto principal del relato es que los viajeros que tienen éxito resisten todas las distracciones, incluso la tentación de caminos prohibidos y las burlas provocadoras de los vanos y orgullosos que han seguido dichos caminos. El registro dice que los que estaban protegidos “siguieron hacia adelante, asidos constante y tenazmente” a la barra de hierro que sigue infaliblemente el curso del camino verdadero4. Sin importar la obscuridad de la noche o del día, la barra señala el camino de ese sendero solitario y redentor.
Nefi dice después: “vi que la barra de hierro… representaba la palabra de Dios, la cual conducía… al árbol de la vida;… una representación del amor de Dios”. Al ver esa manifestación del amor de Dios, Nefi dice: “…vi al Redentor del mundo… quien salió, ejerciendo su ministerio entre el pueblo…
“…Y vi a multitudes de personas que estaban enfermas y afligidas con toda clase de males, y con demonios y con espíritus impuros;… Y fueron sanadas por el poder del Cordero de Dios; y los demonios y los espíritus impuros fueron echados fuera” 5.
Amor. Curación. Ayuda. Esperanza. El poder de Cristo para combatir toda dificultad en todo momento, incluso el final de los tiempos. Ése es el puerto seguro al que Dios quiere que acudamos en nuestros días de desesperación personal o pública. Ése es el mensaje con el que el Libro de Mormón comienza y es el mensaje con el que acaba, llamándonos a todos a “venir a Cristo, y perfeccionarnos en él” 6. Esa frase que proviene del testimonio final de Moroni, escrito mil años después de la visión de Lehi, es el testimonio sobre el único verdadero camino de un hombre moribundo.
Permítanme referirme a un testimonio moderno “de los últimos días”. Cuando José Smith y su hermano Hyrum partieron hacia Carthage para enfrentar lo que ellos sabían que sería su inminente martirio, Hyrum leyó estas palabras para consolar el corazón de su hermano:
“Tú has sido fiel; por tanto… serás fortalecido, aun hasta sentarte en el lugar que he preparado en las mansiones de mi Padre.
“Y ahora yo, Moroni, me despido… hasta que nos encontremos ante el tribunal de Cristo” 7.
Esos son unos pocos versículos del capítulo 12 de Éter del Libro de Mormón. Antes de cerrar el libro, Hyrum dobló la esquina de la hoja de la que había leído, marcándola como parte del testimonio sempiterno por el cual esos dos hermanos estaban a punto de morir. Tengo en mi mano ese libro, el mismo ejemplar del que leyó Hyrum, y aún se ve la misma esquina doblada de la página. Más tarde, cuando estaba en la cárcel de Carthage, José el Profeta se volvió hacia los guardias que lo tenían cautivo y dio un poderoso testimonio de la autenticidad divina del Libro de Mormón8. Poco después, las pistolas y las balas acabarían con la vida de esos dos testadores.
Como uno de los miles de elementos de mi propio testimonio de la divinidad del Libro de Mormón, presento esto, como una evidencia más de su veracidad. En ésa, su más apremiante y última hora de necesidad, yo les pregunto: ¿blasfemarían esos hombres ante Dios y continuarían basando su vida, su honor y su propia búsqueda de la salvación eterna en un libro (y por ende en una iglesia y un ministerio) que ellos hubieran inventado de la nada?
Olvídense por un momento de que las esposas de ellos están a punto de convertirse en viudas y sus hijos a punto de quedarse huérfanos; olvídense de que el pequeño grupo de sus seguidores quedarán “sin casa, sin hogares y sin amigos” y que sus hijos dejarán huellas de sangre sobre ríos congelados y desoladas praderas9; olvídense que legiones perecerán y otras vivirán declarando en los cuatro cabos de la tierra que saben que el Libro de Mormón y la Iglesia que lo proclama son verdaderos. Descarten todo eso y díganme si en esta hora de muerte, ¿entrarían estos dos hombres en la presencia de su Juez Eterno, hallando solaz y citando un libro, el cual, si no fuera la mismísima palabra de Dios, los tildaría de impostores y charlatanes por la eternidad? ¡Ellos no harían eso! Estaban dispuestos a morir antes que negar el origen divino y la veracidad eterna del Libro de Mormón.
Durante 179 años este libro ha sido examinado y atacado, negado y fragmentado, estado bajo el escrutinio y la crítica, quizá como ningún otro libro de la historia religiosa moderna, o quizá como ningún otro libro en la historia de la religión; pero todavía permanece firme. Fallidas teorías sobre sus orígenes han surgido, se han diseminado y han desaparecido, desde las de Ethan Smith y Solomon Spaulding, hasta las de obsesivos paranoicos y genios muy astutos; pero ninguna de esas francamente patéticas respuestas sobre el libro ha resistido el análisis, porque no hay ninguna otra respuesta como la que dio José que era un joven traductor indocto. En esto me uno a mi propio bisabuelo que dijo bien llanamente: “Ningún hombre inicuo podría escribir un libro como éste, y ningún hombre bueno lo escribiría, a menos que fuera verdad y que Dios le hubiera mandado hacerlo”10.
Testifico que nadie puede llegar a la fe cabal en esta obra de los últimos días, y por lo tanto hallar la medida plena de paz y consuelo en nuestros días, hasta que acepte la divinidad del Libro de Mormón y del Señor Jesucristo de quien éste testifica. Si alguien fuera tan insensato o se le hubiera engañado tanto, al punto de rechazar las 531 páginas [en inglés] de un texto previamente desconocido, repleto de complejidad literaria y semítica, sin intentar sinceramente hallar una explicación del origen de esas páginas, en especial sin tomar en cuenta el poderoso testimonio de Jesucristo y el impacto espiritual tan profundo que ese testimonio ha tenido en los que hoy llegan a millones de lectores, entonces, esa persona, ya sea un escogido o no, ha sido engañada; y si se va de esta Iglesia, tendrá que hacerlo esquivando el Libro de Mormón para poder salir. En este sentido, el libro es exactamente lo que se dijo que era Cristo: “piedra de tropiezo y roca de escándalo” 11, una barrera en el camino de los que no desean creer en esta obra. Testigos, incluso testigos que fueron hostiles a José, testificaron hasta la muerte que habían visto un ángel y que habían palpado las planchas; ellos dijeron: “[Las planchas] se nos han mostrado por el poder de Dios y no por el de ningún hombre…” y afirmaron “por tanto, sabemos con certeza que la obra es verdadera” 12.
Ahora, yo no navegué con el hermano de Jared cuando cruzó el océano para establecerse en un mundo nuevo; no escuché al rey Benjamín decir ese sermón angelical; no prediqué con Alma ni Amulek, ni fui testigo de la muerte en la hoguera de los inocentes que creyeron; no estuve en medio de la multitud de nefitas que tocaron las heridas del Señor resucitado, ni lloré con Mormón ni con Moroni por la destrucción de toda una civilización; pero mi testimonio de este registro y de la paz que trae al corazón humano es tan vinculante y claro como fue el testimonio de ellos. Al igual que ellos: “Doy [mi nombre] al mundo para testificar al mundo lo que [he] visto. Al igual que ellos: No [miento], pues Dios es [mi] testigo”13.
Pido que mi testimonio del Libro de Mormón y todo lo que ello implica, que comparto aquí bajo mi propio juramento y oficio, sea registrado por los hombres en la tierra y los ángeles en el cielo. Espero tener algunos años más en mis “últimos días”, pero los tenga o no, quiero que quede absolutamente claro cuando esté ante el tribunal del juicio de Dios que he declarado al mundo, con el lenguaje más directo que pueda expresar, que el Libro de Mormón es verdadero, que salió a la luz de la forma que José dijo que salió y que fue dado para traer felicidad y esperanza a los fieles durante las tribulaciones de estos últimos días.
Mi testimonio hace eco al de Nefi, quien escribió parte del libro en sus “últimos días”:
“…escuchad estas palabras y creed en Cristo; y si no creéis en estas palabras, creed en Cristo. Y si creéis en Cristo, creeréis en estas palabras, porque son las palabras de Cristo… y enseñan a todos los hombres que deben hacer lo bueno.
“Y si no son las palabras de Cristo, juzgad; porque en el postrer día Cristo os manifestará con poder y gran gloria que son sus palabras” 14.
Hermanos y hermanas, Dios siempre brinda seguridad para el alma y, con el Libro de Mormón, Él también lo ha hecho en nuestra época. Recuerden esta declaración del mismo Jesús: “El que atesore mi palabra, no será engañado”15, entonces, en los últimos días ni el corazón ni la fe de ustedes desfallecerán. De esto testifico fervientemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Véase Mateo 24:24. Véase también José Smith—Mateo 1:22.
2. Lucas 21:26.
3. Véase History of the Church, tomo IV, pág. 461.
4. 1 Nefi 8:30.
5. 1 Nefi 11:25, 27–28, 31.
6. Moroni 10:32.
7. Éter 12:37–38. Véase también D. y C. 135:5.
8. Véase History of the Church, tomo VI, pág. 600.
9. Véase “La carta a Wentworth”, Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, págs. 463–475.
10. George Cannon, citado en “The Twelve Apostles”, en Historical Record, por Andrew Jenson, tomo VI, pág. 175.
11. 1 Pedro 2:8.
12. “El Testimonio de los Tres Testigos”, Libro de Mormón.
13. “El Testimonio de los Ocho Testigos”, Libro de Mormón; cursiva agregada.
14. 2 Nefi 33:10–11; cursiva agregada.
15. José Smith—Mateo 1:37.
Quiero que quede absolutamente claro cuando esté ante el tribunal del juicio de Dios que he declarado al mundo… que el Libro de Mormón es verdadero.
Las profecías sobre los últimos días a menudo hacen referencia a calamidades de gran escala tales como terremotos, hambre e inundaciones; éstas, a la vez, pueden estar relacionadas con las vasta agitación económica o política de uno u otro tipo.
Pero existe una clase de destrucción de los últimos días que siempre me ha sonado más personal que pública, más individual que colectiva, una advertencia que quizá se aplique más dentro de la Iglesia que fuera de ella. El Salvador advirtió que en los últimos días aun los que son “del convenio”, los escogidos mismos, podrían ser engañados por el enemigo de la verdad1. Si pensamos en ello como una forma de destrucción espiritual, eso podría arrojar luz sobre otra profecía de los últimos días. Piensen en el corazón como el centro figurativo de nuestra fe, el lugar poético de nuestras lealtades y valores; entonces, consideren la declaración de Jesús de que en los últimos días “[desfallecerían] los hombres” 2.
Lo alentador es, desde luego, que nuestro Padre Celestial conoce todos esos peligros de los últimos días, esos problemas del corazón y del alma, y nos ha dado consejo y protección con respecto a ellos.
En vista de ello, siempre ha sido significativo para mí que el Libro de Mormón, una de las poderosas piedras clave 3 del Señor en este contraataque frente a las dificultades de los últimos días, comience con una gran parábola de la vida, una amplia alegoría de la esperanza contra el temor, de la luz contra la oscuridad, de la salvación contra la destrucción, una alegoría a la que, de modo conmovedor, se refirió la hermana Ann Dibb esta mañana.
En el sueño de Lehi, una jornada que ya era difícil, se complica más cuando surge un vapor de tinieblas que nubla toda la vista del seguro pero estrecho camino que su familia y otros habían de seguir. Es imperativo notar que ese vapor de tinieblas desciende sobre todos los viajeros, sobre los fieles y los resueltos (hasta podríamos decir los escogidos), y sobre los débiles y los que no tienen cimientos. El punto principal del relato es que los viajeros que tienen éxito resisten todas las distracciones, incluso la tentación de caminos prohibidos y las burlas provocadoras de los vanos y orgullosos que han seguido dichos caminos. El registro dice que los que estaban protegidos “siguieron hacia adelante, asidos constante y tenazmente” a la barra de hierro que sigue infaliblemente el curso del camino verdadero4. Sin importar la obscuridad de la noche o del día, la barra señala el camino de ese sendero solitario y redentor.
Nefi dice después: “vi que la barra de hierro… representaba la palabra de Dios, la cual conducía… al árbol de la vida;… una representación del amor de Dios”. Al ver esa manifestación del amor de Dios, Nefi dice: “…vi al Redentor del mundo… quien salió, ejerciendo su ministerio entre el pueblo…
“…Y vi a multitudes de personas que estaban enfermas y afligidas con toda clase de males, y con demonios y con espíritus impuros;… Y fueron sanadas por el poder del Cordero de Dios; y los demonios y los espíritus impuros fueron echados fuera” 5.
Amor. Curación. Ayuda. Esperanza. El poder de Cristo para combatir toda dificultad en todo momento, incluso el final de los tiempos. Ése es el puerto seguro al que Dios quiere que acudamos en nuestros días de desesperación personal o pública. Ése es el mensaje con el que el Libro de Mormón comienza y es el mensaje con el que acaba, llamándonos a todos a “venir a Cristo, y perfeccionarnos en él” 6. Esa frase que proviene del testimonio final de Moroni, escrito mil años después de la visión de Lehi, es el testimonio sobre el único verdadero camino de un hombre moribundo.
Permítanme referirme a un testimonio moderno “de los últimos días”. Cuando José Smith y su hermano Hyrum partieron hacia Carthage para enfrentar lo que ellos sabían que sería su inminente martirio, Hyrum leyó estas palabras para consolar el corazón de su hermano:
“Tú has sido fiel; por tanto… serás fortalecido, aun hasta sentarte en el lugar que he preparado en las mansiones de mi Padre.
“Y ahora yo, Moroni, me despido… hasta que nos encontremos ante el tribunal de Cristo” 7.
Esos son unos pocos versículos del capítulo 12 de Éter del Libro de Mormón. Antes de cerrar el libro, Hyrum dobló la esquina de la hoja de la que había leído, marcándola como parte del testimonio sempiterno por el cual esos dos hermanos estaban a punto de morir. Tengo en mi mano ese libro, el mismo ejemplar del que leyó Hyrum, y aún se ve la misma esquina doblada de la página. Más tarde, cuando estaba en la cárcel de Carthage, José el Profeta se volvió hacia los guardias que lo tenían cautivo y dio un poderoso testimonio de la autenticidad divina del Libro de Mormón8. Poco después, las pistolas y las balas acabarían con la vida de esos dos testadores.
Como uno de los miles de elementos de mi propio testimonio de la divinidad del Libro de Mormón, presento esto, como una evidencia más de su veracidad. En ésa, su más apremiante y última hora de necesidad, yo les pregunto: ¿blasfemarían esos hombres ante Dios y continuarían basando su vida, su honor y su propia búsqueda de la salvación eterna en un libro (y por ende en una iglesia y un ministerio) que ellos hubieran inventado de la nada?
Olvídense por un momento de que las esposas de ellos están a punto de convertirse en viudas y sus hijos a punto de quedarse huérfanos; olvídense de que el pequeño grupo de sus seguidores quedarán “sin casa, sin hogares y sin amigos” y que sus hijos dejarán huellas de sangre sobre ríos congelados y desoladas praderas9; olvídense que legiones perecerán y otras vivirán declarando en los cuatro cabos de la tierra que saben que el Libro de Mormón y la Iglesia que lo proclama son verdaderos. Descarten todo eso y díganme si en esta hora de muerte, ¿entrarían estos dos hombres en la presencia de su Juez Eterno, hallando solaz y citando un libro, el cual, si no fuera la mismísima palabra de Dios, los tildaría de impostores y charlatanes por la eternidad? ¡Ellos no harían eso! Estaban dispuestos a morir antes que negar el origen divino y la veracidad eterna del Libro de Mormón.
Durante 179 años este libro ha sido examinado y atacado, negado y fragmentado, estado bajo el escrutinio y la crítica, quizá como ningún otro libro de la historia religiosa moderna, o quizá como ningún otro libro en la historia de la religión; pero todavía permanece firme. Fallidas teorías sobre sus orígenes han surgido, se han diseminado y han desaparecido, desde las de Ethan Smith y Solomon Spaulding, hasta las de obsesivos paranoicos y genios muy astutos; pero ninguna de esas francamente patéticas respuestas sobre el libro ha resistido el análisis, porque no hay ninguna otra respuesta como la que dio José que era un joven traductor indocto. En esto me uno a mi propio bisabuelo que dijo bien llanamente: “Ningún hombre inicuo podría escribir un libro como éste, y ningún hombre bueno lo escribiría, a menos que fuera verdad y que Dios le hubiera mandado hacerlo”10.
Testifico que nadie puede llegar a la fe cabal en esta obra de los últimos días, y por lo tanto hallar la medida plena de paz y consuelo en nuestros días, hasta que acepte la divinidad del Libro de Mormón y del Señor Jesucristo de quien éste testifica. Si alguien fuera tan insensato o se le hubiera engañado tanto, al punto de rechazar las 531 páginas [en inglés] de un texto previamente desconocido, repleto de complejidad literaria y semítica, sin intentar sinceramente hallar una explicación del origen de esas páginas, en especial sin tomar en cuenta el poderoso testimonio de Jesucristo y el impacto espiritual tan profundo que ese testimonio ha tenido en los que hoy llegan a millones de lectores, entonces, esa persona, ya sea un escogido o no, ha sido engañada; y si se va de esta Iglesia, tendrá que hacerlo esquivando el Libro de Mormón para poder salir. En este sentido, el libro es exactamente lo que se dijo que era Cristo: “piedra de tropiezo y roca de escándalo” 11, una barrera en el camino de los que no desean creer en esta obra. Testigos, incluso testigos que fueron hostiles a José, testificaron hasta la muerte que habían visto un ángel y que habían palpado las planchas; ellos dijeron: “[Las planchas] se nos han mostrado por el poder de Dios y no por el de ningún hombre…” y afirmaron “por tanto, sabemos con certeza que la obra es verdadera” 12.
Ahora, yo no navegué con el hermano de Jared cuando cruzó el océano para establecerse en un mundo nuevo; no escuché al rey Benjamín decir ese sermón angelical; no prediqué con Alma ni Amulek, ni fui testigo de la muerte en la hoguera de los inocentes que creyeron; no estuve en medio de la multitud de nefitas que tocaron las heridas del Señor resucitado, ni lloré con Mormón ni con Moroni por la destrucción de toda una civilización; pero mi testimonio de este registro y de la paz que trae al corazón humano es tan vinculante y claro como fue el testimonio de ellos. Al igual que ellos: “Doy [mi nombre] al mundo para testificar al mundo lo que [he] visto. Al igual que ellos: No [miento], pues Dios es [mi] testigo”13.
Pido que mi testimonio del Libro de Mormón y todo lo que ello implica, que comparto aquí bajo mi propio juramento y oficio, sea registrado por los hombres en la tierra y los ángeles en el cielo. Espero tener algunos años más en mis “últimos días”, pero los tenga o no, quiero que quede absolutamente claro cuando esté ante el tribunal del juicio de Dios que he declarado al mundo, con el lenguaje más directo que pueda expresar, que el Libro de Mormón es verdadero, que salió a la luz de la forma que José dijo que salió y que fue dado para traer felicidad y esperanza a los fieles durante las tribulaciones de estos últimos días.
Mi testimonio hace eco al de Nefi, quien escribió parte del libro en sus “últimos días”:
“…escuchad estas palabras y creed en Cristo; y si no creéis en estas palabras, creed en Cristo. Y si creéis en Cristo, creeréis en estas palabras, porque son las palabras de Cristo… y enseñan a todos los hombres que deben hacer lo bueno.
“Y si no son las palabras de Cristo, juzgad; porque en el postrer día Cristo os manifestará con poder y gran gloria que son sus palabras” 14.
Hermanos y hermanas, Dios siempre brinda seguridad para el alma y, con el Libro de Mormón, Él también lo ha hecho en nuestra época. Recuerden esta declaración del mismo Jesús: “El que atesore mi palabra, no será engañado”15, entonces, en los últimos días ni el corazón ni la fe de ustedes desfallecerán. De esto testifico fervientemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Véase Mateo 24:24. Véase también José Smith—Mateo 1:22.
2. Lucas 21:26.
3. Véase History of the Church, tomo IV, pág. 461.
4. 1 Nefi 8:30.
5. 1 Nefi 11:25, 27–28, 31.
6. Moroni 10:32.
7. Éter 12:37–38. Véase también D. y C. 135:5.
8. Véase History of the Church, tomo VI, pág. 600.
9. Véase “La carta a Wentworth”, Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: José Smith, págs. 463–475.
10. George Cannon, citado en “The Twelve Apostles”, en Historical Record, por Andrew Jenson, tomo VI, pág. 175.
11. 1 Pedro 2:8.
12. “El Testimonio de los Tres Testigos”, Libro de Mormón.
13. “El Testimonio de los Ocho Testigos”, Libro de Mormón; cursiva agregada.
14. 2 Nefi 33:10–11; cursiva agregada.
15. José Smith—Mateo 1:37.
martes, 17 de noviembre de 2009
Más diligentes y atentos en el hogar
Élder David A. Bednar Del Quórum de los Doce Apóstoles
A medida que seamos más fieles para aprender, vivir y amar el Evangelio restaurado de Jesucristo, llegaremos a ser más diligentes y atentos en nuestro hogar
En 1833, el profeta José Smith recibió una revelación para varios líderes de la Iglesia con una fuerte amonestación de poner en orden a sus respectivas familias (véase D. y C. 93:40–50). Una frase específica de esa revelación sirve de tema para mi mensaje: “más diligentes y atentos en el hogar” (versículo 50). Deseo sugerir tres formas en las que cada uno de nosotros puede ser más diligente y atento en su hogar. Los invito a que escuchen con oídos que oigan y con un corazón que sienta, y ruego que el Espíritu del Señor esté con todos nosotros.
Sugerencia 1: Expresar amor y demostrarlo
Para empezar a ser más diligentes y atentos en el hogar podemos decir a los seres queridos que los amamos. Dichas expresiones no tienen que ser floridas ni extensas; simplemente debemos expresar amor de manera sincera y frecuente.
Hermanos y hermanas, ¿cuándo fue la última vez que tomaron a su compañero eterno entre los brazos y le dijeron: “Te amo”? Padres, ¿cuándo fue la última vez que de manera genuina expresaron amor a sus hijos? Hijos, ¿cuándo fue la última vez que dijeron a sus padres que los aman?
Todos nosotros sabemos que debemos decir a nuestros seres queridos que los amamos, pero lo que sabemos no siempre se refleja en lo que hacemos. Tal vez nos sintamos inseguros, incómodos o quizás un poco avergonzados.
Como discípulos del Salvador, no sólo tratamos de saber más, sino que debemos hacer de manera constante más de lo que sabemos que es correcto y llegar a ser mejores.
Debemos recordar que el decir “Te amo” es solamente el comienzo; debemos decirlo, decirlo de corazón y, lo más importante, demostrarlo constantemente. Debemos expresarlo y también demostrar el amor.
El presidente Thomas S. Monson dio este consejo hace poco tiempo: “Con frecuencia suponemos que [las personas que nos rodean] deben saber cuánto [las] queremos; pero nunca debemos suponerlo; debemos hacérselo saber… Nunca nos lamentaremos por las palabras de bondad que digamos ni el afecto que demostremos; más bien, nos lamentaremos si omitimos esas cosas en nuestra interacción con aquellos que son los que más nos importan” (“Encontrar gozo en el trayecto”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 86).
A veces, en un discurso o un testimonio de la reunión sacramental, oímos algo así: “Sé que no le digo a mi esposa con suficiente frecuencia cuánto la quiero. Hoy deseo que ella, mis hijos y todos ustedes sepan que la amo”.
Tal manifestación de afecto quizás sea apropiada, pero cuando escucho una declaración como ésa, me siento incómodo y para mis adentros exclamo que la esposa y los hijos no deberían estar escuchando esa expresión, privada y aparentemente desacostumbrada, en público y en la Iglesia. Espero que los hijos oigan expresiones de amor y vean demostraciones de cariño entre sus padres en el diario vivir. Sin embargo, si la declaración pública de afecto en la Iglesia cae de sorpresa a la esposa o a los hijos, entonces es obvio que se debe ser más diligente y atento en el hogar.
La relación que existe entre el amor y la acción que lo demuestre se indica repetidamente en las Escrituras y se pone de relieve en la instrucción que el Salvador dio a Sus Apóstoles: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Así como nuestro amor por el Señor se manifiesta al andar siempre en sus caminos (véase Deuteronomio 19:9), así también el amor por el cónyuge, los padres y los hijos se refleja con mayor fuerza en nuestros pensamientos, palabras y hechos (véase Mosíah 4:30).
El sentir la seguridad y la constancia del amor de un cónyuge, de un padre o de un hijo es una rica bendición. Ese amor nutre y sostiene la fe en Dios, es una fuente de fortaleza y aleja el temor (véase 1 Juan 4:18). Ese amor es el deseo de toda alma humana.
A medida que expresemos amor y lo demostremos continuamente, llegaremos a ser más diligentes y atentos en nuestro hogar.
Sugerencia 2: Dar testimonio y vivir de acuerdo con él
Para ser más diligentes y atentos en el hogar, también podemos expresar testimonio a nuestros seres amados acerca de las cosas que sabemos que son verdaderas por el testimonio del Espíritu Santo. Al testificar, no es necesario que la expresión sea larga ni elocuente; y no tenemos que esperar hasta el primer domingo del mes para declarar el testimonio de lo que es verdadero. Dentro de las paredes de nuestro propio hogar podemos y debemos dar testimonio puro de la divinidad y la realidad del Padre y del Hijo, del gran plan de felicidad y de la Restauración.
Hermanos y hermanas, ¿cuándo fue la última vez que expresaron su testimonio a su compañero eterno? Padres, ¿cuándo fue la última vez que testificaron a sus hijos acerca de lo que saben que es verdadero? Hijos, ¿cuándo fue la última vez que compartieron su testimonio con sus padres y su familia?
Ya sabemos que debemos dar testimonio a las personas que más amamos, pero lo que sabemos no siempre se refleja en lo que hacemos. Tal vez nos sintamos inseguros, incómodos o quizás un poco avergonzados.
Como discípulos del Salvador, no sólo tratamos de saber más, sino debemos hacer de manera constante lo que sabemos que es correcto y llegar a ser mejores.
Debemos recordar que el compartir un testimonio sincero es solamente el comienzo; debemos testificar, hacerlo de corazón y, lo más importante, demostrarlo constantemente. Debemos expresar nuestro testimonio y también vivirlo.
La relación que existe entre el testimonio y la acción que lo demuestre se recalca en las instrucciones que el Salvador impartió a los santos en Kirtland: “…y lo que el Espíritu os testifique, eso quisiera yo que hicieseis” (D. y C. 46:7). Nuestro testimonio de la veracidad del Evangelio se debe reflejar en nuestras palabras y en nuestros hechos; y el lugar para proclamarlo y vivirlo con más fuerza es el hogar. Los cónyuges, los padres y los hijos deben esforzarse por superar cualquier indecisión, vacilación o vergüenza para testificar del Evangelio. Debemos crear y buscar oportunidades para atestiguar de las verdades del Evangelio, y vivir de acuerdo con ellas.
Un testimonio es lo que sabemos con la mente y el corazón que es verdadero por la atestiguación del Espíritu Santo (véase D. y C. 8:2). Al expresar la verdad en vez de amonestar, exhortar o simplemente compartir experiencias interesantes, invitamos al Espíritu Santo a confirmar la veracidad de nuestras palabras. La fuerza del testimonio puro (véase Alma 4:19) no proviene de palabras sofisticadas ni de una buena presentación; más bien, es el resultado de la revelación que transmite el tercer miembro de la Trinidad, o sea, el Espíritu Santo.
El sentir la fuerza, la elevación y la constancia del testimonio de un cónyuge, un padre o un niño es una gran bendición. Ese testimonio fortalece la fe y brinda dirección; genera luz en un mundo que cada vez se hace más oscuro. Esa clase de testimonio es la fuente de la perspectiva eterna y de la paz duradera.
Al expresar el testimonio y vivirlo constantemente, llegaremos a ser más diligentes y atentos en nuestro hogar.
Sugerencia 3: Ser constantes
Mientras nuestros hijos crecían, hicimos lo mismo que ustedes han hecho y hacen actualmente: Con regularidad orábamos en familia, estudiábamos las Escrituras y efectuábamos la noche de hogar. Pero estoy seguro de que lo que les voy a describir nunca ha ocurrido en su hogar, pero sí ocurrió en el nuestro.
A veces mi esposa y yo nos preguntábamos si nuestros esfuerzos por hacer estas cosas espiritualmente esenciales valdrían la pena. De vez en cuando leíamos los versículos de las Escrituras en medio de exclamaciones como: “¡Fulano me está tocando!” “¡Dile que no me mire!” “¡Mamá, él está respirando mi aire!”. Otras veces las oraciones sinceras eran interrumpidas por risitas y codazos; y con varoncitos activos y bulliciosos, las lecciones de la noche de hogar no siempre daban como resultado altos niveles de aprovechamiento espiritual. Había momentos en los que mi esposa y yo nos exasperábamos porque los hábitos de rectitud que tanto nos esforzábamos por fomentar no parecían dar los resultados espirituales inmediatos que deseábamos y esperábamos.
Si hoy les preguntaran a nuestros hijos adultos lo que recuerdan de la oración familiar, del estudio de las Escrituras y de la noche de hogar, creo que sé cómo contestarían. Seguramente no definirían una oración en particular ni una ocasión especial del estudio de las Escrituras ni una lección particularmente importante de la noche de hogar como el momento crucial de su desarrollo espiritual. Lo que dirían que recuerdan es que nuestra familia era constante.
Mi esposa y yo pensábamos que el máximo resultado que podíamos obtener era ayudar a nuestros hijos a comprender el contenido de una lección en particular o de un pasaje determinado de las Escrituras. Pero eso no ocurre cada vez que estudiamos u oramos o aprendemos juntos. Tal vez la lección más grande que aprendieron —una lección que en ese momento no apreciamos en su totalidad— fuera la constancia de nuestro intento y labor.
En mi oficina tengo un hermoso cuadro de un campo de trigo. La pintura se compone de una vasta colección de pinceladas, ninguna de las cuales sería interesante o impresionante si estuviera aislada. De hecho, si uno se acerca al lienzo, todo lo que se aprecia es una masa de pinceladas de pintura amarilla, dorada y marrón que aparentemente no tienen relación ni atractivo alguno. Sin embargo, al alejarse gradualmente del cuadro, todas esas pinceladas se combinan, y juntas producen un magnífico paisaje de un campo de trigo. Son una infinidad de pinceladas ordinarias y sueltas que se unen para crear una bella y cautivadora pintura.
Cada oración familiar, cada episodio de estudio de las Escrituras en familia y cada noche de hogar es una pincelada en el lienzo de nuestras almas. Ninguno de esos hechos por sí solo puede parecer muy impresionante o memorable, pero así como las pinceladas amarillas, doradas y marrones se complementan entre sí y producen una obra maestra impresionante, de la misma manera nuestra constancia en acciones aparentemente pequeñas puede llevarnos a alcanzar resultados espirituales significativos. “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64.33). La constancia es un principio clave para poner los cimientos de una gran obra en nuestra vida personal y para ser más diligentes y atentos en nuestro hogar.
El ser constantes en nuestro hogar es importante por otra razón. Muchos de los reproches más duros del Salvador estaban dirigidos a los hipócritas. Jesús amonestó a Sus discípulos concerniente a los escribas y a los fariseos: “…no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen” (Mateo 23:3). Esa fuerte amonestación es solemne en el consejo de “expresar amor y demostrarlo”, de “dar testimonio y vivir de acuerdo con él”, y de “ser constantes”.
La hipocresía que pueda haber en nosotros se discierne más claramente y causa mayor destrucción dentro de nuestro propio hogar. Y los niños son con frecuencia sumamente alertas y sensibles cuando se trata de reconocerla.
Una declaración pública de amor cuando las demostraciones privadas del mismo faltan en el hogar es hipocresía y debilita los cimientos de una gran obra. El hecho de testificar públicamente cuando faltan la fidelidad y la obediencia dentro del propio hogar es hipocresía y socava los cimientos de una gran obra. El mandamiento, “No dirás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo 20:16) se aplica más directamente al hipócrita que hay dentro de cada uno de nosotros. Todos debemos ser y mantenernos más constantes. “…sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza” (1 Timoteo 4:12).
Al esforzarnos por buscar la ayuda del Señor y Su fortaleza, lograremos reducir gradualmente la disparidad que existe entre lo que decimos y lo que hacemos, entre expresar amor y demostrarlo constantemente, entre dar testimonio y vivir firmemente de acuerdo con él. A medida que seamos más fieles para aprender, vivir y amar el Evangelio restaurado de Jesucristo, llegaremos a ser más diligentes y atentos en nuestro hogar.
Testimonio
“El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y… la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos” (véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Por éstas y por otras razones de importancia eterna debemos ser más diligentes y atentos en el hogar.
Que todo cónyuge, todo hijo y todo padre y madre sea bendecido para comunicar amor y recibirlo, para expresar un firme testimonio y ser edificado por él, y para llegar a ser más constante en las cosas aparentemente pequeñas que son de tanta importancia.
En esta importante empresa nunca estaremos solos. Nuestro Padre Celestial y Su Amado Hijo viven. Ellos nos aman y conocen nuestras circunstancias, y nos ayudarán a ser más diligentes y atentos en el hogar. Testifico de estas verdades en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.
A medida que seamos más fieles para aprender, vivir y amar el Evangelio restaurado de Jesucristo, llegaremos a ser más diligentes y atentos en nuestro hogar
En 1833, el profeta José Smith recibió una revelación para varios líderes de la Iglesia con una fuerte amonestación de poner en orden a sus respectivas familias (véase D. y C. 93:40–50). Una frase específica de esa revelación sirve de tema para mi mensaje: “más diligentes y atentos en el hogar” (versículo 50). Deseo sugerir tres formas en las que cada uno de nosotros puede ser más diligente y atento en su hogar. Los invito a que escuchen con oídos que oigan y con un corazón que sienta, y ruego que el Espíritu del Señor esté con todos nosotros.
Sugerencia 1: Expresar amor y demostrarlo
Para empezar a ser más diligentes y atentos en el hogar podemos decir a los seres queridos que los amamos. Dichas expresiones no tienen que ser floridas ni extensas; simplemente debemos expresar amor de manera sincera y frecuente.
Hermanos y hermanas, ¿cuándo fue la última vez que tomaron a su compañero eterno entre los brazos y le dijeron: “Te amo”? Padres, ¿cuándo fue la última vez que de manera genuina expresaron amor a sus hijos? Hijos, ¿cuándo fue la última vez que dijeron a sus padres que los aman?
Todos nosotros sabemos que debemos decir a nuestros seres queridos que los amamos, pero lo que sabemos no siempre se refleja en lo que hacemos. Tal vez nos sintamos inseguros, incómodos o quizás un poco avergonzados.
Como discípulos del Salvador, no sólo tratamos de saber más, sino que debemos hacer de manera constante más de lo que sabemos que es correcto y llegar a ser mejores.
Debemos recordar que el decir “Te amo” es solamente el comienzo; debemos decirlo, decirlo de corazón y, lo más importante, demostrarlo constantemente. Debemos expresarlo y también demostrar el amor.
El presidente Thomas S. Monson dio este consejo hace poco tiempo: “Con frecuencia suponemos que [las personas que nos rodean] deben saber cuánto [las] queremos; pero nunca debemos suponerlo; debemos hacérselo saber… Nunca nos lamentaremos por las palabras de bondad que digamos ni el afecto que demostremos; más bien, nos lamentaremos si omitimos esas cosas en nuestra interacción con aquellos que son los que más nos importan” (“Encontrar gozo en el trayecto”, Liahona, noviembre de 2008, pág. 86).
A veces, en un discurso o un testimonio de la reunión sacramental, oímos algo así: “Sé que no le digo a mi esposa con suficiente frecuencia cuánto la quiero. Hoy deseo que ella, mis hijos y todos ustedes sepan que la amo”.
Tal manifestación de afecto quizás sea apropiada, pero cuando escucho una declaración como ésa, me siento incómodo y para mis adentros exclamo que la esposa y los hijos no deberían estar escuchando esa expresión, privada y aparentemente desacostumbrada, en público y en la Iglesia. Espero que los hijos oigan expresiones de amor y vean demostraciones de cariño entre sus padres en el diario vivir. Sin embargo, si la declaración pública de afecto en la Iglesia cae de sorpresa a la esposa o a los hijos, entonces es obvio que se debe ser más diligente y atento en el hogar.
La relación que existe entre el amor y la acción que lo demuestre se indica repetidamente en las Escrituras y se pone de relieve en la instrucción que el Salvador dio a Sus Apóstoles: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Así como nuestro amor por el Señor se manifiesta al andar siempre en sus caminos (véase Deuteronomio 19:9), así también el amor por el cónyuge, los padres y los hijos se refleja con mayor fuerza en nuestros pensamientos, palabras y hechos (véase Mosíah 4:30).
El sentir la seguridad y la constancia del amor de un cónyuge, de un padre o de un hijo es una rica bendición. Ese amor nutre y sostiene la fe en Dios, es una fuente de fortaleza y aleja el temor (véase 1 Juan 4:18). Ese amor es el deseo de toda alma humana.
A medida que expresemos amor y lo demostremos continuamente, llegaremos a ser más diligentes y atentos en nuestro hogar.
Sugerencia 2: Dar testimonio y vivir de acuerdo con él
Para ser más diligentes y atentos en el hogar, también podemos expresar testimonio a nuestros seres amados acerca de las cosas que sabemos que son verdaderas por el testimonio del Espíritu Santo. Al testificar, no es necesario que la expresión sea larga ni elocuente; y no tenemos que esperar hasta el primer domingo del mes para declarar el testimonio de lo que es verdadero. Dentro de las paredes de nuestro propio hogar podemos y debemos dar testimonio puro de la divinidad y la realidad del Padre y del Hijo, del gran plan de felicidad y de la Restauración.
Hermanos y hermanas, ¿cuándo fue la última vez que expresaron su testimonio a su compañero eterno? Padres, ¿cuándo fue la última vez que testificaron a sus hijos acerca de lo que saben que es verdadero? Hijos, ¿cuándo fue la última vez que compartieron su testimonio con sus padres y su familia?
Ya sabemos que debemos dar testimonio a las personas que más amamos, pero lo que sabemos no siempre se refleja en lo que hacemos. Tal vez nos sintamos inseguros, incómodos o quizás un poco avergonzados.
Como discípulos del Salvador, no sólo tratamos de saber más, sino debemos hacer de manera constante lo que sabemos que es correcto y llegar a ser mejores.
Debemos recordar que el compartir un testimonio sincero es solamente el comienzo; debemos testificar, hacerlo de corazón y, lo más importante, demostrarlo constantemente. Debemos expresar nuestro testimonio y también vivirlo.
La relación que existe entre el testimonio y la acción que lo demuestre se recalca en las instrucciones que el Salvador impartió a los santos en Kirtland: “…y lo que el Espíritu os testifique, eso quisiera yo que hicieseis” (D. y C. 46:7). Nuestro testimonio de la veracidad del Evangelio se debe reflejar en nuestras palabras y en nuestros hechos; y el lugar para proclamarlo y vivirlo con más fuerza es el hogar. Los cónyuges, los padres y los hijos deben esforzarse por superar cualquier indecisión, vacilación o vergüenza para testificar del Evangelio. Debemos crear y buscar oportunidades para atestiguar de las verdades del Evangelio, y vivir de acuerdo con ellas.
Un testimonio es lo que sabemos con la mente y el corazón que es verdadero por la atestiguación del Espíritu Santo (véase D. y C. 8:2). Al expresar la verdad en vez de amonestar, exhortar o simplemente compartir experiencias interesantes, invitamos al Espíritu Santo a confirmar la veracidad de nuestras palabras. La fuerza del testimonio puro (véase Alma 4:19) no proviene de palabras sofisticadas ni de una buena presentación; más bien, es el resultado de la revelación que transmite el tercer miembro de la Trinidad, o sea, el Espíritu Santo.
El sentir la fuerza, la elevación y la constancia del testimonio de un cónyuge, un padre o un niño es una gran bendición. Ese testimonio fortalece la fe y brinda dirección; genera luz en un mundo que cada vez se hace más oscuro. Esa clase de testimonio es la fuente de la perspectiva eterna y de la paz duradera.
Al expresar el testimonio y vivirlo constantemente, llegaremos a ser más diligentes y atentos en nuestro hogar.
Sugerencia 3: Ser constantes
Mientras nuestros hijos crecían, hicimos lo mismo que ustedes han hecho y hacen actualmente: Con regularidad orábamos en familia, estudiábamos las Escrituras y efectuábamos la noche de hogar. Pero estoy seguro de que lo que les voy a describir nunca ha ocurrido en su hogar, pero sí ocurrió en el nuestro.
A veces mi esposa y yo nos preguntábamos si nuestros esfuerzos por hacer estas cosas espiritualmente esenciales valdrían la pena. De vez en cuando leíamos los versículos de las Escrituras en medio de exclamaciones como: “¡Fulano me está tocando!” “¡Dile que no me mire!” “¡Mamá, él está respirando mi aire!”. Otras veces las oraciones sinceras eran interrumpidas por risitas y codazos; y con varoncitos activos y bulliciosos, las lecciones de la noche de hogar no siempre daban como resultado altos niveles de aprovechamiento espiritual. Había momentos en los que mi esposa y yo nos exasperábamos porque los hábitos de rectitud que tanto nos esforzábamos por fomentar no parecían dar los resultados espirituales inmediatos que deseábamos y esperábamos.
Si hoy les preguntaran a nuestros hijos adultos lo que recuerdan de la oración familiar, del estudio de las Escrituras y de la noche de hogar, creo que sé cómo contestarían. Seguramente no definirían una oración en particular ni una ocasión especial del estudio de las Escrituras ni una lección particularmente importante de la noche de hogar como el momento crucial de su desarrollo espiritual. Lo que dirían que recuerdan es que nuestra familia era constante.
Mi esposa y yo pensábamos que el máximo resultado que podíamos obtener era ayudar a nuestros hijos a comprender el contenido de una lección en particular o de un pasaje determinado de las Escrituras. Pero eso no ocurre cada vez que estudiamos u oramos o aprendemos juntos. Tal vez la lección más grande que aprendieron —una lección que en ese momento no apreciamos en su totalidad— fuera la constancia de nuestro intento y labor.
En mi oficina tengo un hermoso cuadro de un campo de trigo. La pintura se compone de una vasta colección de pinceladas, ninguna de las cuales sería interesante o impresionante si estuviera aislada. De hecho, si uno se acerca al lienzo, todo lo que se aprecia es una masa de pinceladas de pintura amarilla, dorada y marrón que aparentemente no tienen relación ni atractivo alguno. Sin embargo, al alejarse gradualmente del cuadro, todas esas pinceladas se combinan, y juntas producen un magnífico paisaje de un campo de trigo. Son una infinidad de pinceladas ordinarias y sueltas que se unen para crear una bella y cautivadora pintura.
Cada oración familiar, cada episodio de estudio de las Escrituras en familia y cada noche de hogar es una pincelada en el lienzo de nuestras almas. Ninguno de esos hechos por sí solo puede parecer muy impresionante o memorable, pero así como las pinceladas amarillas, doradas y marrones se complementan entre sí y producen una obra maestra impresionante, de la misma manera nuestra constancia en acciones aparentemente pequeñas puede llevarnos a alcanzar resultados espirituales significativos. “Por tanto, no os canséis de hacer lo bueno, porque estáis poniendo los cimientos de una gran obra. Y de las cosas pequeñas proceden las grandes” (D. y C. 64.33). La constancia es un principio clave para poner los cimientos de una gran obra en nuestra vida personal y para ser más diligentes y atentos en nuestro hogar.
El ser constantes en nuestro hogar es importante por otra razón. Muchos de los reproches más duros del Salvador estaban dirigidos a los hipócritas. Jesús amonestó a Sus discípulos concerniente a los escribas y a los fariseos: “…no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, pero no hacen” (Mateo 23:3). Esa fuerte amonestación es solemne en el consejo de “expresar amor y demostrarlo”, de “dar testimonio y vivir de acuerdo con él”, y de “ser constantes”.
La hipocresía que pueda haber en nosotros se discierne más claramente y causa mayor destrucción dentro de nuestro propio hogar. Y los niños son con frecuencia sumamente alertas y sensibles cuando se trata de reconocerla.
Una declaración pública de amor cuando las demostraciones privadas del mismo faltan en el hogar es hipocresía y debilita los cimientos de una gran obra. El hecho de testificar públicamente cuando faltan la fidelidad y la obediencia dentro del propio hogar es hipocresía y socava los cimientos de una gran obra. El mandamiento, “No dirás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo 20:16) se aplica más directamente al hipócrita que hay dentro de cada uno de nosotros. Todos debemos ser y mantenernos más constantes. “…sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en espíritu, en fe y en pureza” (1 Timoteo 4:12).
Al esforzarnos por buscar la ayuda del Señor y Su fortaleza, lograremos reducir gradualmente la disparidad que existe entre lo que decimos y lo que hacemos, entre expresar amor y demostrarlo constantemente, entre dar testimonio y vivir firmemente de acuerdo con él. A medida que seamos más fieles para aprender, vivir y amar el Evangelio restaurado de Jesucristo, llegaremos a ser más diligentes y atentos en nuestro hogar.
Testimonio
“El matrimonio entre el hombre y la mujer es ordenado por Dios y… la familia es fundamental en el plan del Creador para el destino eterno de Sus hijos” (véase “La Familia: Una Proclamación para el Mundo”, Liahona, octubre de 2004, pág. 49). Por éstas y por otras razones de importancia eterna debemos ser más diligentes y atentos en el hogar.
Que todo cónyuge, todo hijo y todo padre y madre sea bendecido para comunicar amor y recibirlo, para expresar un firme testimonio y ser edificado por él, y para llegar a ser más constante en las cosas aparentemente pequeñas que son de tanta importancia.
En esta importante empresa nunca estaremos solos. Nuestro Padre Celestial y Su Amado Hijo viven. Ellos nos aman y conocen nuestras circunstancias, y nos ayudarán a ser más diligentes y atentos en el hogar. Testifico de estas verdades en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Cómo obtener guía espiritual

Élder Richard G. Scott Del Quórum de los Doce Apóstoles
Mediante la práctica esmerada y la aplicación de principios correctos y al ser sensible a los sentimientos que recibas, obtendrás guía espiritual.
A través de las épocas, muchos han obtenido guía para resolver sus problemas al seguir el ejemplo de personas a quienes respetaban y que resolvieron dificultades similares. Hoy día, las condiciones del mundo cambian tan rápidamente que con frecuencia no nos es posible hacerlo así.
Personalmente me regocijo en esa realidad, porque crea las condiciones para que, por necesidad, dependamos más del Espíritu a fin de que nos oriente a través de las vicisitudes de la vida y, por lo tanto, eso nos lleva a buscar inspiración personal para tomar las decisiones importantes de la vida.
¿Qué puedes hacer para aumentar tu capacidad de dejar que se te guíe a tomar decisiones correctas en la vida? ¿Cuáles son los principios de los cuales depende la comunicación espiritual? ¿Cuáles son las posibles barreras a esa comunicación que debes evitar?
El presidente John Taylor escribió: “Hace más de cuarenta años, José Smith me dijo: ‘Hermano Taylor, usted ha recibido el Espíritu Santo. Ahora, siga la influencia de ese Espíritu que lo conducirá a toda la verdad, hasta que finalmente, se convertirá para usted en un principio de revelación’. Después me dijo que nunca me levantara por la mañana sin inclinarme ante el Señor y dedicarme a Él durante ese día”1.
El Padre Celestial sabía que afrontarías desafíos y que tendrías que tomar algunas decisiones más allá de tu propia habilidad para decidir correctamente. En Su plan de felicidad, Él dispuso el medio para que, durante tu vida terrenal, recibieras ayuda con esos problemas y decisiones. Esa ayuda vendrá mediante la guía espiritual del Espíritu Santo. Es un poder que va más allá de tu capacidad, y que un amoroso Padre Celestial desea que utilices en forma constante para que tengas paz y felicidad.
Estoy convencido de que no existe una fórmula o técnica sencilla que te permita dominar de inmediato la habilidad de recibir la guía del Espíritu. Nuestro Padre espera que aprendas la forma de obtener esa ayuda divina al ejercer la fe en Él y en Su Santo Hijo Jesucristo. Si recibieras guía inspirada sólo con pedirla, te convertirías en un ser débil y más dependiente de Ellos. Ellos saben que el crecimiento personal esencial vendrá a medida que te esfuerces por saber cómo dejarte guiar por el Espíritu.
Lo que al principio podría parecer una tarea de enormes proporciones, a medida que pase el tiempo será mucho más fácil si te esfuerzas constantemente por reconocer y seguir la inspiración del Espíritu. Tu confianza en la dirección que recibas por medio del Espíritu Santo también será más fuerte. Te testifico que al ganar experiencia y tener éxito al dejarte guiar por el Espíritu, tu confianza en las impresiones que sientas será mucho más firme que tu dependencia en lo que veas u oigas.
La espiritualidad produce dos frutos: El primero es la inspiración para saber qué hacer. El segundo es el poder o la capacidad para hacerlo. Esas dos capacidades van de la mano; por eso Nefi pudo decir: “Iré y haré lo que el Señor ha mandado”2. Él conocía las leyes espirituales sobre las cuales se basan la inspiración y el poder. Sí, Dios contesta las oraciones y nos brinda dirección espiritual cuando somos obedientes y ejercemos en Él la fe requerida.
Voy a contarles ahora una experiencia que me enseñó una forma de obtener guía espiritual. Un domingo asistí a la reunión del sacerdocio de una rama de la Ciudad de México. Recuerdo vívidamente cómo un humilde líder del sacerdocio mexicano se esforzaba por comunicar las verdades del Evangelio del material de su lección. Noté el inmenso deseo que él tenía de compartir con los miembros de su quórum esos principios que él valoraba tanto; él se daba cuenta de que tenían gran valor para los presentes. Su actitud evidenciaba su amor puro por el Salvador y el amor que sentía por aquellos a quienes enseñaba.
Su sinceridad y su intención pura hicieron que una gran fortaleza espiritual envolviera el salón. Me sentí sumamente conmovido. Después comencé a recibir impresiones personales como extensión de los principios que ese humilde maestro había enseñado. Fueron personales y relacionadas con mis asignaciones en el área, y una respuesta a mis prolongados esfuerzos y oraciones en busca de aprendizaje.
Al recibir cada impresión, la anotaba al detalle. En el proceso, recibí magníficas verdades que necesitaba enormemente para ser un siervo del Señor más eficiente. Los detalles de esa comunicación son sagrados y, como una bendición patriarcal, fueron sólo para mi beneficio. Recibí dirección, instrucciones y promesas condicionadas específicas que alteraron para bien el curso de mi vida.
Poco después asistí a la clase de la Escuela Dominical de nuestro barrio, donde un maestro muy erudito dio la lección. Esa experiencia fue un gran contraste con la que había disfrutado en la reunión del sacerdocio. Me parecía que el maestro había escogido a propósito referencias poco claras y ejemplos poco comunes para ilustrar los principios de la lección. Tuve la clara impresión de que él utilizaba esa oportunidad de enseñanza para impresionar a la clase con su enorme conocimiento. En todo caso, su intención no parecía ser la de comunicar los principios como lo había hecho aquel humilde líder del sacerdocio.
En ese ambiente, comencé a recibir nuevamente fuertes impresiones y las escribí. El mensaje incluía un consejo específico de cómo llegar a ser un instrumento más eficaz en las manos del Señor. Recibí tal cantidad de impresiones personales que sentí que no era apropiado anotarlas en medio de una clase de la Escuela Dominical, por lo que busqué un lugar más privado donde seguí escribiendo los sentimientos que invadían mi mente y mi corazón tan fielmente como me era posible. Después de anotar cada poderosa impresión, meditaba en los sentimientos que había recibido para determinar si los había expresado correctamente por escrito. Como resultado, realicé algunos pequeños cambios a lo que había escrito y luego estudié su significado y la aplicación que tenían en mi propia vida.
A continuación, oré y repasé con el Señor lo que yo pensaba que el Espíritu me había enseñado. Al sobrevenirme un sentimiento de paz, le agradecí la guía recibida. Entonces sentí que debía preguntar: “¿Había aún más por recibir?”. Recibí nuevas impresiones y se repitió el proceso de escribirlas, meditar en ellas y orar para recibir confirmación. De nuevo fui inspirado a preguntar: “¿Hay algo más que deba saber?” ¡Y lo había! Cuando terminó la última y más sagrada experiencia, yo había recibido algo de la dirección personal más preciosa y específica que una persona pueda esperar obtener en esta vida. Si no hubiera respondido a mis primeras impresiones ni las hubiera escrito, no habría recibido la última y más preciada guía.
Lo que he descrito no es una experiencia aislada; encierra varios principios verdaderos acerca de la comunicación del Señor para con Sus hijos aquí sobre la tierra. Pienso que tú puedes perder la oportunidad de escuchar la dirección más preciada y personal del Espíritu por no responder, anotar ni aplicar la primera inspiración que recibes.
Las impresiones del Espíritu pueden llegar en respuesta a una oración apremiante o sin solicitarla cuando la necesitas. En ocasiones el Señor te revela la verdad cuando no la estás buscando, como por ejemplo, cuando estás en peligro y no lo sabes. Sin embargo, el Señor no te obligará a aprender; tú debes ejercer tu albedrío para permitir que el Espíritu te enseñe. Al hacer de esto una práctica en tu vida, serás más receptivo a los sentimientos que se reciben con la guía espiritual. Entonces, cuando ésta llegue, en ocasiones cuando menos lo esperes, la reconocerás más fácilmente.
La influencia inspiradora del Espíritu Santo puede pasar desapercibida o quedar oculta debido a emociones fuertes, tales como el enojo, el odio, la pasión, el miedo o el orgullo. Cuando esas influencias están presentes es como tratar de paladear el delicado sabor de una uva mientras se come un pimiento picante. Ambos sabores están presentes, pero uno de ellos se superpone al otro. De la misma manera, las emociones fuertes prevalecen sobre la delicada inspiración del Espíritu Santo.
El pecado es adictivo; autodegenerante; conduce a otras clases de corrupción; adormece la espiritualidad, la conciencia y la razón; impide ver la realidad; es contagioso; y es destructivo para la mente, el cuerpo y el espíritu. El pecado es espiritualmente corrosivo; incontrolado se vuelve devastador. Se vence por medio del arrepentimiento y la rectitud.
Deseo advertirles que Satanás es sumamente hábil para bloquear la comunicación espiritual al inducir a la persona, mediante la tentación, a violar las leyes sobre las cuales se funda dicha comunicación. Incluso logra convencer a algunas personas de que ellas no pueden recibir esa guía del Señor.
Satanás se ha convertido en un experto en el uso del poder adictivo de la pornografía para limitar la capacidad de dejarse guiar por el Espíritu. La invasión de la pornografía en todas sus formas depravadas, corrosivas y destructivas ha sido causa de incalculable dolor, sufrimiento, pena y de la destrucción de matrimonios. Es una de las influencias más nocivas sobre la tierra. Ya sea por medio de materiales impresos, películas, televisión, canciones obscenas, groserías por teléfono o en la pantalla parpadeante de una computadora personal, la pornografía es sumamente adictiva y dañina. Ese instrumento poderoso de Lucifer degrada la mente, el corazón y el alma de quien lo use. Todos los que queden atrapados en esa red seductora y tentadora y se queden allí, se volverán adictos a su influencia inmoral y destructiva. Muchos no pueden vencer esa adicción sin ayuda. El trágico escenario es tan común. Comienza con una curiosidad que se aviva por el estímulo producido y se justifica con la falsa premisa de que al hacerlo en privado no se daña a nadie más. Las personas adormecidas por esa mentira, profundizan la experimentación y reciben estimulaciones aún más poderosas, hasta que la trampa se cierra y un hábito, terriblemente inmoral y adictivo, ejerce su despiadado control.
La participación en la pornografía, en cualquiera de sus aborrecibles formas, es la manifestación de un egoísmo incontrolado. ¿Cómo puede un hombre, en particular un poseedor del sacerdocio, no pensar en el daño emocional y espiritual que le causa a la mujer, en especial a su esposa, con ese hecho tan detestable?
El inspirado Nefi lo dijo muy bien: “Y [el diablo]… los pacificará y los adormecerá con seguridad carnal… Y así… engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno”3.
Si estás atrapado en la pornografía, comprométete plenamente a superarla ahora. Busca un lugar tranquilo; ora con urgencia por ayuda y apoyo; sé paciente y obediente; no te des por vencido.
Padres, sepan que la adicción a la pornografía puede comenzar a una edad muy temprana. Tomen los pasos preventivos para evitar ese daño. Presidentes de estaca y obispos, adviertan a los demás sobre esa maldad. Insten a cualquier persona que piensen que haya caído en ella a acudir a ustedes en busca de ayuda.
La persona que tiene normas firmes y un cometido imperecedero por obedecerlas no se deja pervertir con facilidad. Alguien que siente una creciente repulsión por el pecado grave y que ejerce auto control sin dejarse influir por los demás, tiene carácter. Para dicha persona, el arrepentimiento será más eficaz. El sentimiento de remordimiento después de un error cometido es tierra fértil para que florezca el arrepentimiento.
Ten paciencia a medida que perfeccionas tu habilidad para permitir que el Espíritu te guíe. Mediante la práctica esmerada y la aplicación de principios correctos y al ser sensible a los sentimientos que recibas, obtendrás guía espiritual. Testifico que el Señor, por medio del Espíritu Santo, puede hablar a tu mente y a tu corazón. A veces, las impresiones son sólo sentimientos generales, mientras que otras, la dirección se recibe tan clara y nítida que se puede escribir como un dictado espiritual4.
Testifico solemnemente que a medida que ores con todo el fervor de tu alma, con humildad y gratitud, aprenderás a ser guiado constantemente por el Espíritu Santo en todos los aspectos de la vida. Yo he confirmado la veracidad de ese principio en el momento más difícil de mi propia vida. Testifico que tú personalmente puedes aprender y dominar los principios que llevan a recibir la guía del Espíritu. De esa forma, el Salvador puede guiarte para resolver los problemas y disfrutar de una gran paz y felicidad. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Notas
1. Véase Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia: John Taylor, pág. 171.
2. 1 Nefi 3:7.
3. 2 Nefi 28:21.
4. Véase D. y C. 8:2.
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